El Banco de la desolación

El Banco de la desolación

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Era imposible no darse cuenta de que tenía auténtico interés, aunque seguía sorprendiéndole muchísimo. Había creído durante tanto tiempo que estaba espantosamente solo y, ¡mira por dónde!, no lo estaba en absoluto. Al parecer, no lo había estado ni una hora desde aquel día en el bote de Sorrento. Al mirarla, pensó que era ella la que había estado sola debido a su torpe falta de fidelidad. Al fin y al cabo, ¿habérselo contado no había sido acaso una forma de petición? Una petición a la que ella había respondido con generosidad sin que él, a falta de otro encuentro, se lo hubiera agradecido siquiera con un recuerdo o una gratificación espiritual. En un principio, lo único que le había pedido era que no se burlara de él. Y, de un modo admirable, no lo había hecho durante diez años y en aquel momento seguía sin hacerlo, así que, en recompensa, le debía eterna gratitud. Tan solo debía averiguar qué imagen se había formado de él.

—¿Qué le conté exactamente…?

—¿Acerca de cómo se sentía? Bien, fue muy simple. Me dijo que desde muy temprana edad había tenido la profunda convicción de estar predestinado para algo excepcional e insólito, con seguridad prodigioso y terrible, que tarde o temprano le sucedería; que lo presentía en lo más hondo de su ser y estaba convencido de ello, y que tal vez aquello le aplastaría.


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