El Banco de la desolación

El Banco de la desolación

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—No se lo he contado a nadie, absolutamente a nadie, desde entonces.

—¿Así que soy la única persona que lo sabe?

—La única en el mundo.

—Bien —repuso ella con rapidez—, yo jamás lo he contado. Nunca he repetido lo con rapidez usted me reveló sobre sí mismo. —Sus ojos dejaban lugar a pocas dudas. Un instante después, sus miradas se encontraron de tal forma que a él ya no le cupo ninguna—. Y nunca lo haré.

Ella hablaba con una gravedad casi excesiva, por lo que él descartó la posibilidad de que se estuviese burlando. En cierto modo, todo aquel asunto era un lujo nuevo para él, y lo era desde el momento en que ella lo había asumido. Si la joven no había adoptado una actitud irónica, significaba que era comprensiva al respecto y esa comprensión era justo lo que nadie le había mostrado en todo aquel largo tiempo. Se daba cuenta de que en aquel momento habría sido incapaz de contárselo y, sin embargo, tal vez podía beneficiarse de forma excepcional de la circunstancia de habérselo confesado en el pasado.

—Entonces, por favor, no lo haga. Está bien como está.

—¡Oh, si para usted lo está, para mí también! —dijo riendo, y añadió—: ¿Todavía sigue sintiéndose igual?


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