La Copa Dorada
La Copa Dorada Lo dijo como si con ello lo dijera todo. Dejó que el importante objeto, ya que importante parecía en los presentes momentos, produjera el efecto que sin la menor duda debía producir. Sencillo, aunque de singular elegancia, el objeto tenía un soporte circular, una especie de corto pedestal, cuya base se ensanchaba levemente y, aun cuando no destacaba por su solemnidad, merecía el título por el encanto de su forma, así como por el tono de su superficie. Habría podido ser un cáliz, cuya altura hubiera sido reducida a la mitad para dar más elegancia a su bella curvatura. Por parecer todo él de oro, resultaba impresionante, e incluso parecía suscitar la prudencia del admirador. Inmediatamente, Charlotte lo cogió con cuidado, mientras el Príncipe se movió un poco para contemplar el objeto, sin acercarse demasiado a él.
El objeto pesaba más de lo que Charlotte había imaginado. Preguntó al dueño de la tienda:
—¿Es oro realmente?
El dueño de la tienda dudó unos instantes y dijo:
—Examínelo un poco y quizá lo averigüe.
Charlotte lo miró, sosteniéndolo con las dos manos, y dándole una vuelta bajo la luz. Dijo:
—Quizá resulte barato, teniendo en cuenta su valor, pero mucho me temo que sea caro para mí.
El hombre observó: