La Copa Dorada
La Copa Dorada En Fawns, aquel domingo de otoño se habría podido observar a Adam Verver en el momento de abrir la puerta de la sala de billar con indudable libertad de acción, si hubiera habido allí un espectador para observarlo. Sin embargo, la justificación y base de las energías gastadas en el empujón que había dado a la puerta y en el empujón igualmente fuerte que, para quedar encerrado en la sala, dio de nuevo, se hallaba precisamente en los deseos de estar allí, aunque sólo fuera por breves momentos, solo, solo con el montón de cartas, periódicos y otros envíos sin abrir que durante el desayuno y hasta el momento presente no había tenido oportunidad de examinar. La amplia, cuadrada y limpia sala estaba desierta; sus grandes y claros ventanales daban a terrazas y jardines, al parque y al bosque, al esplendoroso lago artificial, a un horizonte densamente condensado, a las tierras altas de oscuro color azulado, al pueblo dominado por el campanario de la iglesia y a las fuertes sombras de nubes, todo lo cual creaba conjuntamente la sensación, habida cuenta de que todos los demás habían ido a la iglesia, de tener el mundo entero a su disposición. Compartamos, pues, su mundo, aunque sólo sea durante estos momentos, con el señor Verver. El mero hecho de que hubiera salido disparado —como él habría dicho— en busca de soledad, el hecho de su silenciosa huida, casi de puntillas, a lo largo de tortuosos pasillos, esto da a su persona un interés que suscita nuestra atención —tierna hasta llegar casi a la compasión—, y matiza el sentido del aislamiento que el señor Verver acababa de conseguir. Por esto es por lo que debemos hacer constar inmediatamente que este amable caballero solamente pensaba en su personal conveniencia, dicho sea en términos generales, cuando estimaba que otras conveniencias, las de otras personas, habían sido reclamadas y satisfechas. También cabe decir que el señor Verver estimó siempre —ya que así era el talante de su carácter— que las otras personas formaban un numeroso contingente y que, a pesar de que él sólo tenía conciencia de un único vínculo íntimo, de un efecto, de un deber profundamente enraizado en su vida, jamás había sido su destino no estar, durante más de unos cuantos minutos, rodeado y obligado: jamás había gozado íntegramente del alivio de distinguir en qué punto la variopinta llamada de la humanidad, expresada en distintas gradaciones, en zonas concéntricas de menguante intensidad e inoportunidad, se transformaba en la bendita blancura impersonal que su mente, en ocasiones, ansiaba dolorosamente. Esta llamada se difuminaba, lo cual el señor Verver reconocía, pero también era cierto que aún no había vislumbrado el punto en que realmente desaparecía.