La Copa Dorada

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De esta manera se había formado el señor Verver una costumbre de poca monta, que era su más íntimo secreto, secreto que ni siquiera a Maggie había confiado; aun cuando el señor Verver consideraba que Maggie lo comprendería como todo lo comprendía, a su juicio, se había formado la inocente triquiñuela de hacer creer que ocasionalmente carecía de conciencia o, por lo menos, que en el campo del cumplimiento del deber había un vacío durante cierto tiempo. Se trataba de un jueguecito al que las pocas personas que estaban lo suficientemente vinculadas al señor Verver para poder descubrirle en el acto de entregarse a él —entre las cuales, por ejemplo, se contaba la señora Assingham—, le atribuían benévolamente el carácter de rareza, en realidad el encanto patético que provoca el hecho de que un adulto conserve un juguete de la infancia. Cuando el señor Verver se disponía a gozar de un momento de aislamiento, lo hacía con la conmovedora mirada de confusión propia del hombre de cuarenta y siete años que ha sido descubierto en el acto de entretenerse con una reliquia de su infancia, como, por ejemplo, pegando la cabeza rota de un soldadito de juguete, o intentando mover el cerrojo de un rifle de madera. En el caso del señor Verver, esto era una imitación de la depravación que, para divertirse quizá, seguía «practicando». A pesar de la práctica que en ello tenía, no había llegado ni mucho menos a la perfección, por cuanto estos interludios, conseguidos con tan inocente astucia, estaban condenados a ser breves. El señor Verver se había marcado irremisiblemente a sí mismo con la impronta —y de esto sólo él tenía la culpa— del hombre que puede ser interrumpido impunemente. Sin embargo, la mayor maravilla consistía exactamente en que un hombre siempre tan interrumpido hubiera podido llegar, como vulgarmente suele decirse, o mejor dicho, hubiera podido llegar tan pronto al lugar en que se hallaba. Esto revelaba un talento muy especial. Evidentemente esto era lo que el señor Verver tenía. La chispa de fuego, el punto de luz, se hallaba vagamente en algún lugar de su interior, tal como una lámpara emite sus guiños de luz ante el altar en la oscura perspectiva de un templo. La juventud y los primeros años de la edad madura, así como la seca brisa de la oportunidad y el ejemplo norteamericanos, soplaron recientemente contra esta luz, convirtiendo la cámara del cerebro del señor Verver en el más extraño taller de consecución de fortunas. Esta estructura, misteriosa y casi anónima, cuyas ventanas en los momentos de más alta presión, a juicio de observadores y curiosos, jamás parecían resplandecer perceptiblemente, por fuerza tuvo que ser durante ciertos años el albergue de un fuego blanco milagroso, sin precedentes, producido por un medio que se consideraba, en la práctica, que el maestro de aquella forja no podría haber consumido ni aun movido por las mejores intenciones.


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