La Copa Dorada
La Copa Dorada Esta señora no era del Medio Oeste, como ella decía no sin insistencia, sino de Nueva Jersey, Rhode Island o Delaware, de uno de los estados más pequeños y más íntimos; el señor Verver no recordaba cuál, a pesar de que también esto lo repetía dicha señora. En justicia debemos decir que no era propio de una persona como el señor Verver llegar a preguntarse si el grupo que en la próxima ocasión se congregara en su casa sería reclutado por algún amigo o amiga de la señora Rance, y así sucedía, que el señor Verver había podido advertir muy a las claras que la señora Rance prefería que las señoritas Lutche salieran de casa a que se quedaran para ampliar el actual círculo de conversación, y porque, asimismo, y con carácter más esencial, la vinculación del señor Verver con tan irónica cuestión, considerada en general, radicaba sobre todo no tanto en su personal interés, cuanto en el hábito de facilitar la vida a los demás. El señor Verver sabía mantener una separación entre sus incomodidades y sus resentimientos de una manera que en él era natural, aunque en realidad la suma de éstos había sido siempre de mayor cuantía; ello se debía, hasta cierto punto, a la escasez de las primeras. El señor Verver habría reconocido fácilmente, después del debido análisis, que su mayor incomodidad radicaba en que se diera por supuesto que, debido a que tenía dinero, también tenía poder. Sin duda alguna, esta atribución de poder ejercía en él una fuerte presión, proyectada desde todos los puntos. Todos tenían necesidad del poder de uno, en tanto que las necesidades de uno, en el mejor de los casos, no parecían más que una triquiñuela para no compartir el poder. El efecto de una reserva tan simple y mezquinamente defensiva bastaría, en la mayoría de los casos, para desacreditar la causa. En consecuencia, a pesar de que ser perpetuamente considerado como agente de infinito poder complicaba la vida, tal desdicha no era la más grave de las que un hombre valeroso podía quejarse. Además, las quejas eran un lujo, y el señor Verver temía que le acusaran de codicia. La otra acusación, la constante acusación de ser hombre capaz de «hacer cosas», carecería de base si él no hubiera sido, desde un principio —y ahí estaba el quid de la cuestión—, amante de los lujos. Sus labios estaban cerrados y, además, por un resorte conectado con el movimiento de los ojos. Éstos le revelaban lo que había conseguido, el lugar al que había llegado, que era el punto más alto de la colina de sus dificultades, de aquella alta y empinada espiral que había comenzado a ascender sinuosamente a la edad de veinte años, en cuya cumbre había una plataforma en la que sólo podían estar, en pie, media docena más de individuos y desde la que se veía, si uno quería, los reinos de la tierra.