La Copa Dorada

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De todas maneras, el caso es que los ojos del señor Verver vieron cómo la señora Rance avanzaba hacia él, sin atribuir a este movimiento un sentimiento de grosera avidez por parte de dicha señora y sin discernir siquiera aires de triunfo en la vívida expresión de la dama. No, ya que lo que tendría suprema importancia sería, ajuicio del señor Verver, el concepto que de él se formaría la señora Rance por haber intentado despistarla escondiéndose en la biblioteca, lo cual difícilmente puede decirse que no fuera la verdadera intención del señor Verver. No le era fácil ahora, a pesar de los reiterados actos en este sentido, que cariñosa y humorísticamente consideraba ya como práctica sistemática, no sentirse avergonzado. La sala de billar no era, en esta crisis concreta, lugar natural ni elegante para el principal ocupante de una tan amplia mansión, y además revelaba el temor, infundado desde luego, que tenía de que la señora Rance le hiciera una escena. Si le hubiera acusado de esquivarla, el señor Verver habría quedado literalmente hecho cisco, pero superó inmediatamente ese temor. ¿Acaso no sería más probable que la señora Rance, con la finalidad de resaltar la afinidad entre los dos, aceptara y, en cierta manera, explotara aquella anomalía, dándole carácter romántico y quizá, incluso, cómico? Ello daba muestras de que el estar los dos en semejante lugar no representaba para ellos obstáculo alguno, a pesar de que la vasta mesa cubierta con pardo paño de Holanda mediaba entre uno y otro como un desierto de arena. No, ella no cruzó aquel desierto, sino que lo rodeó, de modo y manera que el señor Verver, para conseguir que la mesa cumpliera la función de obstáculo, tendría que situarse al otro lado, como si se entregara a un juego infantil o a una comedia de mal gusto, para acabar siendo perseguido o afablemente acosado. Tenía plena conciencia de que esto no ocurriría en esta ocasión y, por el momento, ante él se alzaba solamente la posibilidad de que la señora Rance le propusiera golpear un poco las bolas con el taco. Pensó que debía estimular su imaginación para encontrar el modo de esquivar este peligro. Sin embargo, ¿a santo de qué necesitaba él erigir defensas en este caso? ¿Por qué razón calificaba de peligros hechos que en sí mismos no debían serlo? El peligro profundo, el único peligro que, en cuanto a idea, le helaba la sangre hubiera sido la posibilidad de que la señora Rance le pidiera en matrimonio, de que le planteara tan terrible problema. Pero en este asunto carecía de peligrosidad, pues podía demostrarle, en contra de sus pretensiones, que tenía marido, un marido de existencia real y en modo alguno desvirtuada.


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