La Copa Dorada
La Copa Dorada Era cierto que el marido de la señora Rance se encontraba en Norteamérica, en Texas, en Nebraska, en Arizona, en algún lugar que, contemplado desde la vieja Fawns House, en el condado de Kent, apenas podía considerarse lugar concreto alguno. Contemplado desde lejos, aquel lugar parecía algo perdido, confuso, ilusorio en algún punto del gran desierto de la separación entre los cónyuges. La señora Rance, sin embargo, mantenía a aquel pobre hombre atado a ella, lo despreciaba, y el recuerdo que de él guardaba era tan imperfecto que apenas cabía decir que estuviera en su memoria, pero, a pesar de todo, el marido existía sin atenuantes. Sí, las señoritas Lutche le habían visto en carne y hueso, como manifestaron con ansiosa diligencia. Sin embargo, cuando fueron interrogadas por separado, las respectivas descripciones que del marido dieron no coincidían. En el peor de los casos, si se daba el peor de los casos, aquel marido sería la dificultad de la señora Rance y, en consecuencia, constituiría el recio baluarte en que los demás varones se defenderían. Esto, que era de una lógica perfecta y sin fisuras, consolaba al señor Verver menos de lo que hubiera debido. Éste no sólo temía el peligro, sino también la idea del peligro; dicho en otras palabras, sentía un obsesivo temor de sí mismo. Principalmente, la señora Rance se alzaba ante él como un símbolo, el símbolo del supremo esfuerzo que él, el señor Verver, tendría que hacer a su juicio, tarde o temprano. Este esfuerzo consistiría en decir «no». Vivía sumido en el terror de tener que hacerlo. Llegaría el momento, era sólo cuestión de tiempo. Le pedirían en matrimonio, y entonces tendría que hacer una cosa extremadamente desagradable. Momentos había en que el señor Verver casi deseaba no estar tan seguro de que diría que no. Sin embargo, se conocía a sí mismo demasiado bien para ponerlo en duda. Sabía con certeza en qué momento, cuando se produjera la crisis, cortaría por lo sano. Ello se debía al matrimonio de Maggie y a su actual felicidad —felicidad mayor que la que gozaba anteriormente, según el parecer del señor Verver. Le parecía ahora que antes no tenía por qué pensar en semejantes asuntos. No se le habían planteado y parecía como si hubiera sido Maggie quien los hubiera mantenido alejados. Solamente era su hija, que en efecto lo era más que nunca, aunque en ciertos aspectos Maggie le había protegido como si fuera más que una hija. Había hecho por él más de lo que él sabía, a pesar de lo mucho que afortunadamente sabía que había hecho. Y si Maggie actualmente hacía por él más que nunca, para compensarle por lo que ella llamaba el cambio de vida, de todas maneras la situación del señor Verver era armónica con la actividad de su hija, ya que su situación consistía sencillamente en que tenía más cosas que hacer que en cualquier momento anterior.