La Copa Dorada
La Copa Dorada Entre una cosa y otra, no había tenido tanto que hacer antes de regresar de América, en donde habían pasado veinte meses antes de volver a establecerse en Inglaterra, a pesar de que la estancia era temporal y sólo tenía carácter experimental, antes de sentir la sensación, ahora totalmente definida por el señor Verver, de un ambiente doméstico purificado y luminoso, que producía en sus vidas personales el efecto de abrir ante ellos unas perspectivas más amplias y unos más amplios espacios. Parecía que la presencia del yerno del señor Verver, incluso antes de ser su yerno, había llenado el escenario y, si se tenía todo en cuenta, había dado fijeza al futuro de una forma muy hermosa y fecunda, en modo alguno incómoda o de cierta manera que no hubiera sido de desear. Y esto era así porque el Príncipe, cuyas dimensiones ahora habían quedado prácticamente determinadas, seguía siendo la misma «gran realidad», con lo que el cielo se había alzado a mayor altura, los horizontes se habían ampliado e incluso el terreno había adquirido mayor extensión ante ellos, para estar en la debida proporción con el Príncipe, para que todo quedará a una cómoda escala. Al principio, ciertamente, la unión decente y modesta de otros tiempos entre padre e hija se había parecido en gran manera a una agradable plaza pública, en el corazón de una ciudad antigua, en la que súbitamente se hubiera colocado, por ejemplo, una gran iglesia neoclásica u otro edificio de gran fachada, de modo que el resto del lugar, el espacio ante el monumento, sus alrededores, la anchura de la calle y del paisaje, la amplitud del abovedado cielo, todo hubiera quedado afectado, temporalmente. Pero, a decir verdad, ni siquiera en aquel entonces esta alteración fue desconcertante, habida cuenta del gran estilo que aquella fachada tenía para la mirada crítica o, por lo menos, inteligente, y del alto puesto que ocupaba entre las de su clase. El fenómeno que se había producido a partir de entonces, tanto si originariamente hubiera sido previsible como si no, no había sido, naturalmente, un milagro ocurrido de la noche a la mañana, sino que se desarrolló tan paulatina, tan silenciosa y fácilmente que desde aquella atalaya de la amplia y boscosa finca de Fawns, con su mansión de ochenta estancias, como se decía, con su amplio parque, con sus acres de jardín y con la majestad del lago artificial, aunque, para una persona tan familiarizada con los «grandes lagos», como el señor Verver, quizá le pareciera un tanto ridículo; no se advertía visiblemente la transición ni retrospectivamente se veía violencia alguna en el reajuste. La iglesia neoclásica seguía presente, pero la piazza gozaba de independencia. El sol la iluminaba plenamente, el aire circulaba y los transeúntes circulaban tanto como el aire, los límites se hallaban lejos, el paseo alrededor de la plaza era agradable, el extremo oriental era bello, tanto como, a su manera, lo era el occidental; había también puertas laterales entre las dos grandes puertas monumentales estilizadas de acuerdo con la escuela arquitectónica, como ocurre en todas las grandes iglesias que se precien de tales. En resumen, mediante un proceso como éste, el Príncipe había dejado de ser un temido obstáculo para su suegro, sin dejar de ser una firme característica de su entorno.