La Copa Dorada
La Copa Dorada También debemos decir que en ningún momento el señor Verver se había alarmado hasta el punto de llevar detallada crónica de cómo se tranquilizó. A pesar de todo, no habría sido incapaz, ni se habría mostrado remiso en comunicar confidencialmente a la persona adecuada la idea que de aquella historia se había formado. Evidentemente, la persona adecuada para recibir tan luminosa confidencia no faltaba y había tomado la forma de Fanny Assingham; ésta, ciertamente, no era la primera vez, ni mucho menos, que se convertía en receptora de sus confidencias y sin el menor género de dudas, llevada por la plenitud de su interés y con plena garantía, en estos momentos ya habría repetido el secreto del señor Verver. Todo lo antedicho, o sea, la gran amplificación de los espacios, se debía primordialmente a un hecho, que consistía en que el Príncipe, por fortuna, no había resultado esquinado o anguloso. El señor Verver empleaba estos términos constantemente para calificar al marido de su hija, como a menudo los empleaba para referirse a frases en relación con personas y sociedades con que se había encontrado. Le era muy propio utilizar constantemente estos términos, como si con ellos pudiera iluminar el mundo o la senda que él seguía, aun cuando para algunos de sus interlocutores estos términos fueran de mucho menor alcance. Era muy cierto que, cuando se refería a la señora Assingham, jamás sabía cuál era el alcance que sus palabras tenían para ella, porque nunca ni en nada le contradecía, en todo se mostraba de acuerdo con él y le rodeaba de tan sistemática consideración, de tan predeterminada ternura, que casi parecía —como un día le dijo él irritado— que estuviera cuidando a un niño enfermo. La había acusado de no tomarle en serio, y la señora Assingham había contestado —lo cual no le atemorizó por tratarse de sus palabras— que «le tomaba» religiosamente, con adoración. Volvió a reír, como antes había reído, cuando el señor Verver aplicó aquel justo y feliz vocablo referente al resultado de sus relaciones con el Príncipe, con un efecto particularmente extraño si tenemos en cuenta que ella no había preguntado siquiera el significado del término. Sin embargo, a la señora Assingham difícilmente podía entusiasmarle tanto el término descubierto como le entusiasmaba a su descubridor, el señor Verver. Le entusiasmaba tanto que, para mayor placer, lo estudió y desarrolló. Algunas veces manifestó casi públicamente lo que habría ocurrido en el caso de que se hubiesen producido fricciones, valga la expresión. Un día lo manifestó francamente al personaje en cuestión, dirigió al Príncipe el halagador juicio que le merecía, e incluso expresó explícitamente el peligro que, gracias a ello, habían evitado en su notable relación. ¡Oh, si el Príncipe hubiera sido anguloso! En este caso, nadie habría podido prever las consecuencias. El señor Verver habló —al igual que en la ocasión en que conversó de ello con la señora Assingham— como si comprendiera todas las realidades que, sin excepción, la angulosidad comporta.