La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Evidentemente, para el señor Verver, la angulosidad era una última idea, un concepto de suma vivencia. Mediante esta palabra bien hubiera podido referirse a los ángulos agudos o a las duras esquinas, a toda la pétrea calidad punzante y cortante de la grandiosa geometría de aquella iglesia neoclásica. El señor Verver percibía todos los rasgos felices de aquel contacto que, sorprendentemente, casi pasmosamente, era contacto con líneas obedientes y superficies curvas. El señor Verver había dicho: «Eres redondo, mi querido muchacho, en todo tu ser, en tus diversas partes, eres inagotablemente redondo, a pesar de que, con toda probabilidad, hubieras podido ser abominablemente cuadrado». Había añadido: «Sin embargo, no tengo la seguridad de que tu masa, considerada en general, no sea cuadrada, abominable o no. La abominación poco importa, pues eres irremediablemente redondo. Esto en ti es una de esas cosas que se siente, al menos las siento yo, como si se tocasen con la mano. Imagina que hubieras sido formado íntegramente mediante una gran cantidad de pequeños rombos piramidales, como aquella maravillosa parte del Palacio Ducal de Venecia, lo cual es muy bello en un edificio, pero condenadamente desagradable en un hombre con el cual uno se tiene que rozar, principalmente cuando este hombre es un pariente próximo. Me parece verlo, todos ellos salientes, sí, me parecer ver esos diamantes arquitectónicos tallados con que me hubieras rascado las partes más sensibles. Sí, los diamantes me hubieran rascado —sin duda alguna es la manera más limpia de ser rascado—, y, a fin de cuentas, hubiera quedado reducido a picadillo. Contrariamente, vivir contigo es como vivir con el más puro y perfecto cristal. Te he dicho lo que pienso, así, tal como me ha venido a la cabeza. Espero que lo hayas comprendido y aceptado». Verdaderamente el Príncipe había aceptado la idea, a su manera, pues a la sazón estaba ya muy acostumbrado a aceptarlas. Quizá nada hubiera podido confirmar mejor la descripción que de la superficie del Príncipe había hecho el señor Verver como la manera en que aquellas doradas gotas se deslizaron suavemente sobre ella. No quedaron detenidas en grieta alguna, no quedaron apresadas en cavidades de ningún género. La uniforme lisura traicionaba al rocío, pero, por el momento, gracias a él, adquiría un tono más vivo. En otras palabras, el joven Príncipe sonrió abiertamente como si asintiera, por principios y por hábito, a más de lo que comprendía. Le gustaban todos los síntomas de que la situación era buena, pero no le importaba gran cosa saber por qué lo era.


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