La Copa Dorada

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En lo tocante a las personas entre las que vivía el Príncipe desde el día de su matrimonio, las razones que tan a menudo daban de lo anterior —mucho más a menudo de lo que el Príncipe había oído darlas con anterioridad— eran, en términos generales, el elemento por el cual él más difería de ellas. Su suegro y su esposa eran, a fin de cuentas, las personas más importantes entre cuantas trataba ahora el Príncipe. Pero él jamás sabía con certeza la impresión que en esto, en aquello o en lo de más allá causaría a dichas personas. Muy a menudo se daba el caso notable de que estas personas entendían cosas que el Príncipe no había querido expresar y, no menos a menudo y de modo no menos notable, no entendían las cosas que había querido expresar. El Príncipe se había amparado en una explicación de carácter general: «No tenemos los mismos valores». Con lo cual quería decir que medían la importancia de las cosas de una forma diferente. Evidentemente, las «curvas» del Príncipe eran importantes debido a que tenían carácter imprevisto o, aún más, inconcebible. Pero cuando uno había dado siempre por supuesta la existencia de curvas, y en cantidades mucho mayores, como ocurría en el relegado viejo mundo del Príncipe, uno no quedaba sorprendido de que el trato con el prójimo fuera posible, de la misma forma que uno no queda sorprendido al encontrarse en el segundo piso de una casa con escalera interior. En realidad, en la ocasión a que nos referimos, el Príncipe había dado un tratamiento harto diligente al tema de la aprobación que su persona merecía por parte del señor Verver. Bien podemos presumir que la pronta respuesta del Príncipe fue efecto, en buena medida, de cierto amado recuerdo que dio a sus palabras de agradecimiento suma soltura. «Bueno, si soy un cristal, me gusta que sea un cristal perfecto, pues creo que cuando un cristal tiene grietas o taras, se puede adquirir a muy bajo precio.» Se calló para no dar a su ingeniosidad el énfasis que le habría supuesto decir que no había modo de conseguirle a bajo precio. Y, sin la menor duda, fue ejemplo de buen gusto que entre ellos imperase que el señor Verver no hubiera aprovechado aquella oportunidad. Sin embargo, lo que ahora tiene más importancia para nosotros es la relación de esto último con dichos aspectos, y la trascendencia de su complacida convicción de que el carácter del Príncipe, como objeto precioso y representativo, no ofrecía riesgos de fricción. Los objetos preciosos representativos, las grandes pinturas antiguas y otras obras de arte, las bellas e importantes «piezas» de oro, plata, esmalte, cerámica, marfil y bronce, hasta tal punto se habían multiplicado hasta tal punto, alrededor del señor Verver durante largos años, y en su calidad de reto a la adquisición y al goce, habían ocupado sus facultades mentales hasta constituir en gran medida la base de su aceptación del Príncipe como pretendiente a la mano de su hija.


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