La Copa Dorada

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Además de lo mucho que importó la buena impresión que había causado a su hija el aspirante a su mano, éste había revelado estar en posesión de las grandes señales y pruebas demostrativas de los más altos signos de autenticidad, que el señor Verver había aprendido a distinguir en las piezas de primordial transparencia. Ahora, Adam Verver era hombre enterado, concienzudamente enterado y, en su fuero interno, estaba convencido de que no había nadie en Europa ni en América que, en cuanto a estimaciones, fuera menos capaz que él de cometer vulgares errores. Jamás se había considerado infalible, ya que era impropio de su manera de ser, pero, con la salvedad de los naturales afectos, no había conocido goce mayor, de carácter íntimo y personal, que el de darse cuenta, por vez primera, y de forma absolutamente imprevista, que tenía espíritu de connaisseur. Al igual que tantas otras personas, en el curso de sus lecturas, había quedado impresionado por el soneto de Keats referente al recio Cortés al hallarse ante el Pacífico, pero probablemente pocas personas habían vivido una experiencia personal que tan devotamente estuviera de acuerdo con la imagen del poeta como el señor Verver. Hasta tal punto y en un determinado momento, tuvo el señor Verver clara conciencia de la manera en que había contemplado su Pacífico, que un par de lecturas de las inmortales líneas bastó para que le quedaran grabadas en su memoria. Su «Pico en Darien» fue el repentino momento que transformó su vida, el momento de percibir, con un mudo respingo interior semejante al bajo gemido de la pasión mal reprimida, que ante él tenía un mundo por conquistar, y que podía conquistarlo si lo intentaba. Había sido lo mismo que volver una página del libro de la vida, había sido como si una página durante largo tiempo inerte se hubiera levantado, con sólo tocarla, y que, al dar rápidamente la vuelta, hubiera agitado el aire de tal manera que hubiese enviado a su cara la mismísima brisa de las Islas Doradas. En aquel mismo instante, saquear las Islas Doradas se convirtió en su tarea para el futuro y la belleza de esta misión —lo cual era lo más portentoso— se encontraba más en el pensamiento que en la actividad. El pensamiento radicaba en la afinidad del Genio o, por lo menos, del Buen Gusto, con algo que había en su interior, con cierta adormecida inteligencia de la que ahora adquiría bruscamente conciencia, cosa que le afectó como si, en méritos de una simple vuelta de tuerca, hubiera cambiado totalmente su mundo intelectual. En cierta manera, se sentía hermanado con los grandes visionarios, con los grandes patrocinadores y sacerdotes de la belleza y quizá, a fin de cuentas, no estuviera muy por debajo de los grandes productores y creadores. Con anterioridad, el señor Verver no había sido nada semejante. Decidida y terriblemente, no lo había sido. Pero, ahora, comprendía por qué había sido lo que había sido, por qué había fracasado y no había llegado a la altura que hubiera debido, incluso en sus más grandes éxitos y, ahora, en una sola noche magnífica, vio el inmenso significado de la carrera que le esperaba.


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