La Copa Dorada
La Copa Dorada Fue en el curso de la primera visita que hizo a Europa, es decir, la primera visita después de la muerte de su esposa, contando su hija diez años, cuando se encendió aquella luz en su mente, e incluso supo por qué, en una anterior ocasión, la del viaje de luna de miel, la luz no se encendió. En aquella anterior ocasión, el señor Verver «compró», en la medida en que pudo, pero compró casi Ãntegramente para el frágil ser que llevaba a su lado, ser que tenÃa sus fantasÃas, aunque todas referentes al arte, maravilloso para los dos, de la Rue de Paix, las costosas originalidades auténticas de los modistos y de los joyeros. Los caprichos de su esposa —demacrada y desconcertada mujer fantasmal, adornada con una pálida flor, casi grotescamente vestida, según el actual gusto del señor Verver, atada con un gran lazo de satén comprado en el Boulevard— consistÃan principalmente en cintas, encajes y hermosos tejidos, todo ello curiosa y patética demostración de la desorientación que padecÃan, en tanto que pareja de recién casados, ante una situación tan oportuna. El señor Verver todavÃa se estremecÃa, aunque no mucho, al recordar el sentido en que la pobre muchacha habÃa ejercido presión, con su cariñoso apoyo, desde luego, a la hora de efectuar compras y de satisfacer la curiosidad. Eran, éstas, imágenes vacilantes, surgidas de un anterior ocaso, que, debido a la piedad del señor Verver, alejaban a su esposa, situándola en un pasado más remoto de lo que el señor Verver querÃa que su vida en común y su juvenil afecto parecieran pertenecer. Aplicando rigurosos criterios, es preciso reconocer que, aunque resultara extraño, a la madre de Maggie no le faltaba la fe, sino cómo utilizarla, ya que la habÃa ejercido entusiasta e incansablemente, transformándola en pretexto de inocentes aberraciones, con respecto a las cuales el filosófico paso del tiempo convertirÃa todas las lágrimas en dulzuras. Y, como sea que se amaban el uno al otro, la inteligencia del señor Verver, de más alto orden, sufrió temporalmente las consecuencias. ¡Cuántas fueron las frivolidades, enormidades y aberraciones en lo tocante a decoración e ingenio que la señora Verver habÃa conseguido que su esposo, antes de que en este aspecto se abrieran las compuertas de su inteligencia, considerara bellas! En ocasión de meditar, ya que el señor Verver era un pobre hombre que daba vueltas y más vueltas a la cabeza, partidario de los placeres silenciosos —de la misma forma que era capaz de silenciosos dolores—, llegaba incluso a preguntarse qué habrÃa sido de su inteligencia, en aquella esfera en la que más y más exclusivamente la ejercitarÃa, si la influencia de su esposa por obra de los extraños designios de la vida, no hubiera desaparecido prontamente. Teniendo en cuenta el cariño que sentÃa por ella, ¿le hubiera rodeado de una jungla de vulgares errores? ¿Le hubiera impedido escalar hasta su alta cima? ¿0 quizá hubiera podido acompañarle hasta tan alto punto, en donde él hubiera podido señalarle, como Cortés a sus compañeros, los descubrimientos prometidos? De todas maneras, se da por supuesto que entre los compañeros de Cortés no habÃa una verdadera señora. El señor Verver dejó que este hecho histórico influyera en su criterio.