La Copa Dorada
La Copa Dorada Sin embargo, lo que de todos modos no estuvo siempre oculto a su mente, en lo tocante a sus años de tinieblas, fue una verdad mucho menos aborrecible. Se debía una vez más a los extraños designios de la vida: los años de tinieblas habían sido requisito indispensable para que llegaran los años de luz. Una mano más sabia de lo que al principio él mismo creía le había mantenido ocupado en la tarea de cierta clase de adquisiciones, a modo de ensayo de otro tipo de adquisiciones, y aquella tarea primera habría sido débil y deficiente si la buena fe hubiera sido menor. La relativa ceguera del señor Verver había dado paso a la buena fe; y esta buena fe, a su vez, había abonado la tierra de sus buenas cualidades para que en ella floreciera la idea suprema. Era preciso que al señor Verver no le gustara forjar y sudar, y también era preciso que le gustara pulir y acumular. Por lo menos, esto último era algo que no tenía más remedio que creer que le gustaba, de la misma forma que había creído que le gustaba el cálculo trascendente, la apuesta imaginativa y la creación de nuevas cosas de su interés que suponía el olvido de otras anteriores, incluso la tonta vulgaridad de ser el primero en entrar o en salir. Pero esto fue dejando de ser verdad debido a que la idea suprema crecía constantemente y arraigaba más y más hondo, bajo todo lo demás, en la cálida y fecunda tierra. El señor Verver, sin saberlo, había estado en pie, había caminado y había trabajado sobre los lugares en que estaba enterrada su idea; y el hecho de su fortuna hubiera sido, en sí mismo, algo estéril si el primer brote de aquella idea no habría salido a la luz del día. Por una parte, estaba la fealdad de la que se había librado en su edad madura y, por otra parte, portento de portentos, se hallaba la belleza que podía coronar su vejez. Sin duda alguna, el señor Verver era más feliz de lo que merecía, pero es fácil que así ocurra cuando uno es feliz. Había avanzado por caminos tortuosos, pero había llegado al lugar deseado, y ¿había hombre alguno en la tierra que ocupara con más rectitud que él el lugar que ocupaba? Su actuación no sólo contaba con todas las aprobaciones de la civilización, sino que era civilización condensada, concretada, consumada, levantada con sus propias manos como una casa sobre una peña, una casa en cuyas ventanas y puertas abiertas a agradecidos y sedientos millones, resplandecería el más alto conocimiento, el sumo conocimiento, para bendecir la tierra. En esta casa, que sería sobre todo un regalo a su ciudad y estado adoptivos, el señor Verver podía apreciar debidamente la urgencia de liberarlos de la fealdad de la servidumbre, con este museo de museos, palacio de arte que destacaría por su carácter compacto como por compacto resplandece un templo griego; receptáculo de tesoros a buen resguardo, su espíritu vivía casi plenamente, al día, compensando, como él hubiera dicho, el tiempo perdido, y su espíritu merodeaba por el pórtico en espera de que llegara el momento de los últimos ritos.