La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Estos serían «los ejercicios de apertura» de la augusta consagración del lugar. El señor Verver se daba perfecta cuenta de que su imaginación corría más que su juicio, porque todavía quedaba mucho por hacer antes de que pudieran apreciarse los primeros efectos. Los cimientos existían ya los muros se estaban levantando y la estructura general había quedado ya determinada, pero la rudeza de las prisas estaba prohibida en una cosa tan estrechamente vinculada a la paciencia y a la piedad; por cuanto el señor Verver se traicionaría a sí mismo si diera cima a un monumento de la religión que deseaba propagar, la religión de la pasión ejemplar, la pasión por la perfección a cualquier precio, sin que tuviera, por lo menos, un toque de esa majestad hija de la demora. Todavía estaba muy lejos de saber dónde terminaría, pero estaba admirablemente seguro de cómo empezaría. No empezaría con una colección reducida, sino que comenzaría con una gran colección, de cuya grandeza, ni siquiera en el caso de querer, podía determinar los límites. El señor Verver no se había privado de manifestarlo así a sus conciudadanos, consumidores y suministradores, en sus propios dominios y en los adyacentes, con cómicos dibujos y textos, escritos con grandes letras, todos los días «compuestos», impresos, publicados, doblados y entregados, basados en su presuntuosa imitación del caracol. Para él, en virtud de la irónica comparación, el caracol se había convertido en el más simpático ser viviente de la naturaleza, y su regreso a Inglaterra, del que nosotros somos testigos, no había sido ajeno a dicha consideración. Indicaba lo que él quería que indicase, es decir, que en aquella materia no necesitaba que nadie del mundo entero le diera instrucciones. Un par de años más en Europa, un par de años de renovada proximidad a los cambios y a las oportunidades, de reavivada sensibilidad a las corrientes del mercado, complementarían aquella sabiduría coherente, aquel concreto matiz de ilustrada convicción que quería mantener a todo trance. No cabía decir que fueran buenas las apariencias de toda una familia dedicada a vagabundear y a esperar, porque, desde el nacimiento de su nieto, formaban una familia, pero, a su juicio, en el mundo entero y en cuestión de apariencias sólo había una que pudiera importarle. Le gustaba que una obra de arte de elevado precio «tuviera las apariencias» de ser del maestro al que quizá falsamente se atribuía, pero el señor Verver había dejado de conocer todo lo demás que en el mundo había, por sus apariencias.


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