La Copa Dorada

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En consecuencia, los unidos concelebrantes del culto de adoración al niño no tenían ocasión de hablar de lo que el Príncipe podía hacer y podía no hacer en beneficio de su hijo, por cuanto en su ausencia la suma de servicios quedaba totalmente cumplida. Además, de ninguna manera cabía decir que se dudara del Príncipe, por cuanto era conspicuamente adicto a acariciar al niño, al modo italiano, en los momentos en que lo consideraba discreto, habida cuenta de ajenas reivindicaciones de este derecho. Sí, conspicuamente, para Maggie; ésta, en términos generales, tenía más ocasiones de hablar con su marido de los excesos de efusión de su padre que con éste de los excesos de efusión de su marido. En lo tocante al tema de que hablamos, Adam Verver se comportaba con peculiar serenidad. Estaba seguro de la admiración auxiliar de su yerno, admiración hacia su nieto, naturalmente, pues para empezar, ¿qué otra cosa sino el instinto —o quizá la tradición— había sido la causa de que engendrara a un niño tan bello que por la fuerza tuviera que ser objeto de admiración? Sin embargo, lo que mayormente contribuía a la armonía de este juego de relaciones era la manera en que el joven Príncipe parecía dar a entender que, tradición por tradición, la del abuelo del niño, cualquiera que fuese el criterio de estimación, no había sido estéril ni mucho menos. Se trataba de una tradición que, fuera de lo que fuera, había florecido precursoramente en la Princesa, lo cual Americo daba a entender con sus delicadezas. El comportamiento del Príncipe con respecto a su heredero no era más anguloso que su comportamiento general. De ninguna fuente recibía el señor Verver, quizá, tan clara impresión de ser para él aquello un extraño e importante fenómeno, como de la constituida por la impunidad de su apropiación, por aquellas horas no disputadas en las habitaciones del niño. Parecía que las demostraciones especiales del abuelo, como tal, fueran otra faceta que el observador debiera estudiar u otro hecho en que el propio abuelo debiera reparar. Nuestro personaje sabía que todo ello estaba unido a una anterior percepción suya: la incapacidad del Príncipe de concluir las materias que hicieran referencia a él. Era preciso demostrarle al Príncipe, en cada momento diferente de un proceso, la razón de tal o cual comportamiento. Ahora bien, llevada a efecto la demostración, el Príncipe aceptaba admirablemente el resultado. A fin de cuentas, esto era lo más importante. El pobre Príncipe procuraba realmente ser aceptado, al procurar constantemente comprender. A poco que lo pensemos, ¿cómo se puede saber que un caballo no se asustará ante una banda musical, en la calle de un pueblo, porque no se asustó ante una máquina de tren? Puede muy bien ser que el caballo se haya acostumbrado a las locomotoras y no a las bandas musicales. De esta manera, al paso de los meses, el Príncipe se fue enterando poco a poco de aquello a que el padre de su esposa se había acostumbrado. Sí, se había acostumbrado a la romántica contemplación del Principino. ¿Quién lo hubiera dicho, y en qué pararía todo ello? El único temor de cierta importancia que experimentaba el señor Verver era el temor de defraudar al Príncipe por sus rarezas. Éste estimaba que, desde este punto de vista, el señor Verver se comportaba de manera harto razonable. No sabía —estaba aprendiendo y esto le divertía— a cuántas cosas realmente estaba acostumbrado el señor Verver. ¡Ah, si el Príncipe pudiera descubrir alguna a la que el señor Verver no lo estuviera! En su opinión, esto no alteraría la suave armonía de sus relaciones con el señor Verver y, además, bien cabía la posibilidad de que les diera mayor interés.


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