La Copa Dorada

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¿Y qué revelaba lo mucho que los dos gozaban de su indiferencia ante cualquier juicio que su olvido de la ceremonia provocara, sino que tenían muy en cuenta a los demás? Cada uno de ellos sabía que los dos rebosaban superstición por no «ofender», pero bien hubieran podido preguntarse a sí mismos, o preguntarse el uno al otro, si acaso esto iba a ser, a fin de cuentas, la última y definitiva palabra del ejercicio de su conciencia. Era cierto de todas maneras que, además de los Assingham, las Lutche y la señora Rance, podía darse el caso de que asistieran a la reunión del té que se celebraba en lugar adecuado en la terraza occidental las cuatro o cinco personas —entre ellas la muy linda y típicamente irlandesa señorita Maddock, invitada, anunciada y al fin incorporada— de las dos o tres casas relativamente cercanas; una de estas casas era la residencia del propietario de la mansión arrendada por el señor Verver, un propietario que vivía humildemente contemplando desde lejos su mansión ancestral, que ahora le reportaba beneficios. No menos cierto era también que, en alguna medida, los miembros del grupo en cuestión tendrían que aceptar la ausencia de los Verver, de una manera u otra. En este asunto siempre cabía confiar, empero, en que Fanny Assingham, en caso de peligro, defendiera la reputación de los buenos amigos del señor Verver y de su hija, y también cabía confiar en ella a los efectos de justificar su ausencia ante Americo, caso de que éste diera muestras de su expresiva ansiedad italiana. Americo, como a la Princesa le constaba sobradamente, siempre se doblegaba con facilidad a las explicaciones, artimañas y afirmaciones de la señora Assingham, y en realidad quizá viviera pendiente de ellas, mientras su nueva vida —tal era el nombre que le daba— iba desarrollándose. Maggie no guardaba en secreto, ni mucho menos —incluso constituía una broma que hacía entre sus amigos—, que ella era incapaz de dar las explicaciones que la señora Assingham daba satisfaciendo con ello el capricho del Príncipe, a quien las explicaciones gustaban hasta el punto que parecía coleccionarlas como si se tratara de grabados o de sellos de correos. El Príncipe no causaba la impresión, por el momento, de que quisiera esas explicaciones con el fin de utilizarlas, sino más bien como ornamento o diversión, diversión inocente que le gustaba en grado sumo y que resultaba característica de una hermosa, bendita y, por lo general, un tanto indolente carencia de gustos más refinados e incluso más sofisticados.


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