La Copa Dorada

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De todas maneras, debiérase a lo que se debiera, la buena mujer había llegado a un punto en el que franca y alegremente se reconocía —y ella era la primera en reconocerlo— que ejercía en el reducido círculo íntimo una función que no siempre era una sinecura. Casi parecía que hubiera asumido, con el amable y melancólico coronel siguiéndole los pasos, un compromiso de responsabilidad consistente en estar siempre disponible para dar respuestas a las llamadas y peticiones que surgían en el curso de las conversaciones y, también sin la menor duda, a consecuencia del ocio. La posición que la señora Assingham ocupaba en aquel hogar constituía el motivo más que suficiente con frecuencia tanto de su presencia, como de las visitas, hechas juntamente con su marido, pródigamente repetidas y largamente prolongadas, que en ocasiones revestían la forma de protesta de amistad. La señora Assingham estaba allí para que el Príncipe no sufriera inquietudes, y ésta era la manera en que aquél explicaba la influencia que en él ejercía dicha señora; sólo faltaba una más visible predisposición a la inquietud en el Príncipe, para que esta explicación fuera perfectamente ajustada. Fanny quitaba importancia a su función, casi la ridiculizaba, hasta solía afirmar que no hacía falta carcelero alguno para guardar a un corderito domesticado, adornado con cintas de color de rosa. Semejante animalillo no exigía que se le dominara, sino sólo que se le educara. En consecuencia, la señora Assingham reconocía que era una educadora, en tanto que Maggie tenía plena conciencia de que irremediablemente ella no lo era. De esta manera llegó a ser una auténtica realidad el que la señora Assingham quedara encargada solamente de la inteligencia del Príncipe. Huelga decir que esto dejaba a Maggie encargada de gran número de funciones diferentes a la anterior, en el caso de aquel ser adornado con tantas cintas de color de rosa, dicho sea simbólicamente. De todos modos, lo que acabamos de decir venía a significar, en el caso que nos ocupa, que la señora Assingham se encargaba de mantener tranquilo al Príncipe, mientras su esposa y su suegro efectuaban su modesta y parca salida al campo. Sin duda la misión de la señora Assingham era tan necesaria en opinión de los miembros del grupo allí presentes como en opinión de aquellos otros dos que estaban ausentes, casi por vez primera. A Maggie le constaba que su esposo, el Príncipe, podía soportar, cuando ella se encontraba con él, el raro comportamiento de aquellos extraños tipos ingleses que le aburrían indeciblemente, debido a lo muy poco que se parecían a él; éste era uno de los casos en que la esposa del Príncipe se constituía en su verdadero amparo. Pero ella estaba igualmente segura de que era incapaz de imaginar al Príncipe afrontando en su ausencia dicho problema. ¿Cómo se comportaría y cómo hablaría y, sobre todo, qué aspecto tendría —él, que con su noble y hermoso rostro tan maravillosos aspectos podía tener—, en caso de que se le dejara solo en compañía de algunos de aquellos sujetos que tanto le desorientaban? Entre sus vecinos no faltaban individuos de esa clase, pero Maggie tenía la extraña reacción —que en manera alguna irritaba al Príncipe— de sentir hacia ellos una simpatía proporcional a su rareza. Al Príncipe le gustaba decir que el amor de Maggie por las chinoiseries tenía carácter hereditario. Pero en la tarde a que nos referimos Maggie no se sentía preocupada por el Príncipe, pensaba que más valía que su marido se las arreglara como pudiera en el trato con dicha gente.


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