La Copa Dorada
La Copa Dorada Si ocurrían casos como éste con más frecuencia, Maggie podía recurrir a la impresión que le causaron ciertas palabras dichas por la señora Assingham, referentes precisamente a aquellas ansias de explicaciones que Americo tenía, y a las que nos hemos referido hace poco. No era que la Princesa tuviera que agradecer a otra persona, aunque ésta fuera tan inteligente como su amiga, haberle revelado algo referente a su marido que ella no habría podido averiguar por sí misma. Pero, hasta el presente, había estado siempre predispuesta a aceptar con modesta gratitud las palabras que explicaban mejor de lo que ella era capaz de explicar una verdad por ella sabida. Por esto podía actuar a la luz de un hecho lúcidamente expresado por aquella amiga que era el común apoyo de los cónyuges; el hecho consistía en que el Príncipe estaba atesorando, guardando, con una finalidad misteriosa y muy noble, que algún día saldría a la luz, toda la sabiduría dimanante de las respuestas a sus preguntas, todas las generalizaciones, todas las impresiones que se iba formando. Las apartaba y las guardaba porque quería que su gran cañón estuviera bien cargado el día en que decidiera dispararlo. En primer lugar, el Príncipe quería conocer globalmente y con toda seguridad el tema que se estaba desarrollando ante su vista. Después de esto, los hechos innumerables que hubiera atesorado encontrarían el uso oportuno. Él sabía muy bien lo que quería, por lo que se podía tener la seguridad de que, en su momento, y con una u otra finalidad, produciría la gran sorpresa. La señora Assingham había repetido que el Príncipe sabía lo que quería, y esta feliz seguridad había quedado arraigada en Maggie. Siempre podía recordar que el Príncipe sabía lo que quería. En algunos momentos causaba una impresión de vaguedad, de estar ausente, de sentirse aburrido incluso. Pero cuando no se encontraba en presencia del padre de Maggie, ante quien le era imposible adoptar otra actitud que no fuera la de estar respetuosamente atento, daba muestras de su innato carácter alegre, tarareando canciones e incluso emitiendo caprichosos sonidos carentes de sentido que expresaban un sentimiento de íntima liberación, o eran fantásticamente lastimeros. A veces había reflexiones de la más franca lucidez acerca de las circunstancias que durante mucho tiempo no podrían modificarse en absoluto, en las que se encontraban lo que le quedaba de su verdadero patrimonio allá en su patria; acerca del principal objeto de sus afectos, la casa de Roma, el gran palacio negro, el Palazzo Nero, como le gustaba llamarlo; también acerca de la villa en los montes Sabinos, que Maggie había visto durante su noviazgo, y que tanto había deseado poseer; acerca del Castello propiamente dicho, cabeza visible del principado, que el Príncipe calificaba siempre de «encaramado», y que Maggie sabía que estaba sobre el pedestal formado por la montaña, y bellamente matizado de azul si se contemplaba desde lejos. En ocasiones, cuando el Príncipe se hallaba en determinado estado de humor, se solazaba pensando en la alienada condición de estas propiedades, que no cabía considerar irremediablemente irrecuperables, aun sometidas a interminables arrendamientos y cargas, con obstinados ocupantes, sin posibilidades de utilización, por no hablar ya de la nube de hipotecas que, desde largo tiempo atrás, las habían enterrado bajo las cenizas de la rabia y del resentimiento, formando una capa tan gruesa como aquella que otrora cubrió los pueblos al pie del Vesubio, de manera que actualmente todo intento de recuperación de dichas propiedades constituía un proceso muy parecido al de una excavación.