La Copa Dorada
La Copa Dorada El señor Gutermann-Seuss resultó ser, en el segundo día de estancia —ya que nuestro amigo había esperado un día—, un hombre joven, notablemente afable, indudablemente lustroso, que vivía en una casa pequeña y limpia en un barrio alejado del centro marítimo, en el mismísimo seno de su familia, como indicios notorios revelaban. Nuestros visitantes se vieron en la necesidad de entablar amistad, debido a la cercanía, con un numeroso grupo de señoras y señores, viejos y jóvenes, de niños, grandes y pequeños, todos los cuales les produjeron la impresión de estar ungidos para la hospitalidad en no menor grado que su anfitrión, y que, a primera vista, parecían hallarse reunidos para celebrar una fiesta de cumpleaños, un aniversario gregaria o religiosamente observado, aun cuando después cada cual quedó clasificado como miembro de un tranquilo círculo doméstico cuya personalidad quedaba preponderante y directamente determinada por su parentesco con el señor Gutermann-Seuss. Para la mirada de un observador indiferente, éste era simplemente un avispado y resplandeciente joven de menos de treinta veranos, impecablemente ataviado en todos los detalles, que entre su prole —once miembros en total, como confesó el señor Gutermann-Seuss sin pestañear, once caritas morenas con ojos de impersonal mirada flanqueando impersonales narices— agasajaba al gran coleccionista norteamericano a quien durante tanto tiempo había albergado la esperanza de llegar quizá a conocer y cuya encantadora acompañante, la bella, franca, familiar joven señora, con toda probabilidad la señora Verver, se fijaba en el hijo mayor que acababa de obtener su diploma de estudios, se fijaba en las obesas tías con pendientes, se fijaba en los relucientes tíos de aire familiar y anglosajón, de inimitable acento y apostura, con una actitud no tan refinada como la del actual jefe de la firma se fijaba en el lugar y en el tesoro exhibido, se fijaba en todo como si ello fuera una costumbre propia de una persona que sabía explicar en todo momento, gracias a una sabiduría bien adquirida en el curso de la vida, casi todo aquello que producía una impresión «rara». En aquel mismo instante el señor Verver comprendió con toda claridad que aquella libertad de observación de su joven amiga, con la que recogía todo lo que a menudo resultaba divertido con extraordinaria rapidez, imprimiría a partir de aquel momento un cambio para el propio señor Verver, a las experiencias propias de las búsquedas de posibles valiosas piezas de coleccionista, al inquisitivo juego de su aceptada monomanía, cambio que probablemente transformaría la anterior en una más ligera y, en consecuencia, quizá más alborozadamente alegre, forma de deporte. De todas maneras, el señor Verver percibió estos prometedores indicios con suma viveza, cuando el señor Gutermann-Seuss, con una agudeza de percepción que al principio no parecía tener, invitó a la eminente pareja a pasar a otra estancia, ante cuya puerta el resto de la familia vaciló unánimemente y dejó de formar parte de la escena. El tesoro propiamente dicho estaba allí, allí estaban los objetos en cuyos méritos el señor Verver habíase sentido interesado; tales objetos reivindicaron rápidamente el derecho a suscitar la atención de tal caballero, sin embargo, ¿hasta qué punto de su pasado recordaba nuestro amigo, remontándose más y más, a cualquier lugar, pensando mucho menos en mercancías exhibidas ingeniosamente que en otras poco relevantes presencias? Los lugares como aquél no eran sorprendentes para el señor Verver cuando revestían las formas de burguesas salas interiores un tanto siniestras en sus tonos grises y tristes, a la luz del Norte, o de los hogares de falsarios en balnearios, o incluso cuando revestían formas menos, o quizá más, insidiosas. El señor Verver había estado en todas partes, había merodeado y había hurgado en los más diversos lugares; en algunas ocasiones había llegado incluso a arriesgar, creía él, la vida, la salud y la mismísima flor del honor, pero ¿en qué lugar, mientras eran extraídos objetos preciosos uno a uno de a menudo vulgares cajones cerrados con tres llaves o de suaves bolsas de viaje de seda oriental, y dispuestos espectacularmente ante él, había desperdigado conscientemente la atención como hacen las mentes vagas?