La Copa Dorada

La Copa Dorada

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No, el señor Verver no dio muestras de lo que le estaba ocurriendo, y esto lo sabía muy bien. Pero inmediatamente advirtió dos cosas, y una de ellas quedó mermada en su dulzura debido a la confusión. Realmente el señor Gutermann-Seuss, en aquel momento culminante, en el momento de mostrar sus cartas, se comportaba de una manera rara. Era un perfecto maestro en el arte de saber lo que no debía decir a un personaje como el señor Verver, aun cuando la particular importancia de prescindir de las palabras ociosas invistiera sus movimientos, su repetido acto de pasar por entre un impersonal meublé de caoba y una mesa tan virtuosamente discreta que incluso parecía notable por el recatado aire que tenía bajo el mantel de algodón de marchito castaño y añil, que sugería recuerdos de patriarcales tés. Los azulejos damascenos, despojados sucesivamente de su envoltorio y mostrados tan tiernamente, se hallaban allí en su pletórica armonía y venerable esplendor, pero el tributo de apreciación y de decisión había quedado reducido hasta tal punto que poco faltaba para que se pudiera calificar de negligencia, tratándose de un hombre que siempre había tenido en cuenta, sin avergonzarse de ello, el intrínseco encanto de lo que se ha dado en llamar comentario y discusión acerca del objeto. El infinitamente antiguo, el inmemorial vidriado azul amatista, sobre el que echar el aliento parecía tan impropio como hacerlo en la mejilla real, esa propiedad del ordenado y armónico despliegue llevaba inevitablemente todo el poder de determinación para el señor Verver, pero la sumisión de éste fue, quizá por primera vez en su vida, adoptada solamente por la rapidez mental, proceso que de todos modos, y a su manera, fue tan armonioso como la perfección recibida y admirada, pero el resto de su ser estaba entregado al conocimiento previo del que dentro de una hora o dos «hablaría». En consecuencia, la quema de sus naves esperaba tan cerca de él que no le permitía dar el debido tratamiento a aquella oportunidad con sus dedos habitualmente firmes y sensibles, quedándose prendado con la predominante personalidad de Charlotte, ante el hecho de que estuviera allí exactamente como estaba, capaz, al igual que también lo era el señor Gutermann-Seuss, de la justa felicidad del silencio, aun cuando con envolvente facilidad, que daba a las aplazadas críticas la fragancia propia del goce prometido a un hombre por su amante o el del ramo de novia pacientemente sostenido a espaldas de la desposada. Sin duda alguna, ésta era la única manera en que el señor Verver podía explicar el que se hubiera sorprendido a sí mismo en el acto de pensar gozosamente en tantas cosas diferentes a la felicidad de su compra y a la elevada cifra consignada en el cheque, y sólo así podía explicar que, después, al regresar a la estancia en la que habían sido anteriormente recibidos, y al recibir de nuevo el agasajo de la tribu, se sintiera totalmente inmerso en el gozoso ambiente formado por la libre reacción de la muchacha ante las colectivas caricias de todos los brillantes ojos y por su afable aceptación de un pedazo de amazacotado pastel y una copa de vino de Oporto que, como luego la propia Charlotte observó, añadió a la transacción el toque final de místico rito de antiguo judaísmo.


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