La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Este comentario lo hizo Charlotte cuando los dos se alejaban, caminando junto al atardecer, de vuelta a las orillas del mar acariciado por la brisa, de regreso al bullicio, al rumor y a la agitación, a los esplendentes escaparates que ponían la sonrisa de la oferta en la máscara de la noche. Caminando de esta manera, según la impresión del señor Verver, se acercaban más al lugar en que éste debía quemar sus naves, y entretanto él tenía la certeza de que el rojo resplandor en aquella armoniosa hora daría colorida grandeza a su buena fe. También constituía un síntoma de la clase de sensibilidad que, en ocasiones, se manifestaba en él —aunque tal verdad parezca fabulosa— el que viera un vínculo sentimental, una obligación de delicadeza, o incluso quizá uno de los castigos de lo opuesto, en haber sometido a Charlotte a la luz del Norte, a la correcta, perfecta y dura luz del ámbito de los negocios, de aquella habitación en la que habían estado los dos solos en compañía del tesoro y del propietario del tesoro. Charlotte había prestado atención a la cuantía de la suma que el señor Verver era capaz de mirar cara a cara. Habida cuenta de la relación de intimidad que ya tenía con éste, el hecho de que aceptara sin intervención alguna el estremecimiento que en el aire produjo la alta cifra pagada hirió al señor Verver, desde el mismo instante en que Charlotte protestó tan poco como tan pocas disculpas pidió el señor Verver, de que estaba obligado a hacer una cosa más. Un hombre de decentes sentimientos no se desprende de su dinero, en semejante cantidad y de semejante manera, en presencia de una muchacha pobre, de una muchacha cuya pobreza era, en cierta manera, la base gracias a la cual gozaba de la hospitalidad del señor Verver, sin ver en ello lógicamente una aneja responsabilidad. Y no dejó de seguir siendo así por el hecho de que veinte minutos después, cuando el señor Verver ya había aplicado la antorcha encendida, y lo hizo con uno o dos signos de insistencia, los resultados inmediatos no fueron de claro significado. Estando los dos sentados en un banco apartado, el señor Verver había hablado, había reparado en el curso de sus paseos con Charlotte, que lo había tenido muy presente en su memoria, durante el cuarto de hora que precedió a estos momentos. Sí, aquél era el lugar al que, entre intensas detenciones a más intensos avances, había llevado a Charlotte en constante rumbo. Bajo la solidez del gran acantilado sobre el que se encaramaba arquitectónicamente la ciudad de estuco, con el rumor de la playa y la marea alta y las frías estrellas allá arriba y al frente, dominaba la sensación de serena seguridad de la población, manifestada en los faroles, en los bancos, en las sillas, en los senderos con losas, sensación que también envolvía en lo alto el apretado barrio de una densa comunidad social que, en aquellos momentos, se disponía una vez más a poner los platos en la mesa.


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