La Copa Dorada
La Copa Dorada —Maggie se mostró dispuesta porque tenÃa que estarlo. Desde el instante en que el PrÃncipe manifestó sus deseos de irse, lo único que Maggie podÃa hacer era acompañarle.
—Perfectamente, de modo y manera que, si usted acepta, Maggie podrá «acompañar al PrÃncipe» en el futuro siempre que quiera.
Charlotte meditó unos instantes como si analizara en interés de Maggie el privilegio anunciado por el señor Verver, y el análisis dio lugar a una modesta concesión:
—¡Desde luego, ha trazado usted bien sus planes!
—Naturalmente, esto es exactamente lo que he hecho. Durante mucho tiempo, nada ha habido en la vida de Maggie que la haya hecho tan feliz como el que usted se quedara aquà conmigo.
—DebÃa quedarme con usted para que Maggie se fuera tranquila.
Adam Verver comentó con voz recia:
—Efectivamente, gracias a eso se ha ido tranquila. Y si lo pone en duda, lo único que tiene que hacer es preguntárselo.
Sorprendida, la muchacha dijo:
—¿Preguntárselo? ¿A Maggie?
—Exactamente. Y añada que se lo pregunta porque no cree lo que yo le digo.