La Copa Dorada

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Charlotte se resistió:

—¿Quiere decir que le escriba una carta preguntándoselo? —Ni más ni menos. Inmediatamente. Mañana mismo. Charlotte Stant dijo:

—No creo que pueda escribirle en ese sentido.

Divertida por la diferencia de matiz que expresaba con sus palabras, añadió:

—Cuando le escribo, le hablo del apetito del Principino y de las visitas del doctor Brady.

—Bueno, pues en ese caso pregúnteselo cara a cara. Iremos a París y allí nos reuniremos con ellos.

Al oír estas palabras, Charlotte se levantó con un movimiento que fue como un grito. Pero el sentido que expresó sin palabras quedó anulado mientras la muchacha estaba en pie con la vista fija en el señor Verver, que todavía seguía sentado, como si quisiera que esta posición le ayudara un poco a impulsar su petición hacia lo alto. Sin embargo, en estos instantes una nueva impresión dominaba el ánimo de Charlotte, quien cubrió amablemente al señor Verver con sus palabras:

—Realmente creo que le gusto.

Adam Verver repuso:

—Muchas gracias. ¿Formulará personalmente a Maggie la pregunta que le he dicho?

Charlotte volvió a vacilar:


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