La Copa Dorada
La Copa Dorada Una semana después, hallándose ya en París, Adam Verver habló a Charlotte una vez más de aquella espera, aunque el ejercicio de la paciencia no fue doloroso para él. Había escrito a su hija, y no desde Brighton, sino inmediatamente después de haber regresado a Fawns, en donde sólo pasaron cuarenta y ocho horas, para emprender luego su viaje. La contestación de Maggie a la carta de su padre fue un telegrama remitido desde Roma que entregaron al señor Verver al mediodía de su cuarta jornada de estancia en París, telegrama que hizo llegar a Charlotte, quien se encontraba sentada en aquellos momentos en el salón del hotel, en donde habían acordado reunirse para ir a almorzar juntos. La carta que el señor Verver escribió en Fawns —carta de varias páginas, escrita con lúcida y casi triunfal intención de informar sin reserva alguna— no dio resultado cuando puso manos a la obra, y no sin cierta sorpresa por su parte; el documento era de fácil redacción, incluso teniendo en cuenta lo que, a este respecto, su clara conciencia de la importancia del texto le había inducido a suponer. Sin embargo, debido totalmente a razones que se hallaban latentes de forma natural en aquel acervo de percepciones, incorporó al mensaje una parte de la impaciencia que sentía. Por el momento, el principal resultado de la conversación antes reseñada había consistido en cierto cambio en la actitud del señor Verver en relación con su joven amiga, así como cierto cambio, igualmente perceptible, en la actitud de Charlotte con respecto a él. Y todo a pesar de que el señor Verver no había renovado su empeño de «hablar» con Charlotte, ni siquiera para decirle que había despachado su misiva a Roma. La delicadeza, una delicadeza todavía más hermosa, toda la delicadeza que Charlotte pudiera desear, imperaba en la relación entre los dos, por ser lógico que en su actual situación, Charlotte no tuviera mayores motivos de preocupación hasta el momento en que Maggie la hubiera tranquilizado.