La Copa Dorada
La Copa Dorada Más tarde, cuando el coche de alquiler del matrimonio pudo salir de la interminable fila de carruajes, entre la barahúnda que atormentaba la impaciencia de Fanny Assingham, ésta subió a bordo y penetró en la noche londinense, al lado de su marido, teniendo la sensación de entrar en una protectora oscuridad que le permitÃa envolverse en ella y respirar. Durante la media hora anterior Fanny habÃa estado bajo una luz despiadada, hiriente y cegadora hasta sentirse obligada a bajar la vista, lo que le parecÃan pruebas demostrativas del error cometido. Su pensamiento más inmediato era que, en el pasado, realmente habÃa actuado en beneficio de aquellas personas, con miras a un fin que ahora daba sus frutos, que bien podÃan constituir una formidable cosecha. Al principio Fanny se limitó a meditar en su rincón del coche de alquiler. Era lo mismo que ocultar la cara anteriormente al descubierto, desamparadamente descubierta; era como ocultarla en las frescas aguas de la general indiferencia, de las calles desiertas, de las tiendas cerradas y de las casas a oscuras, que formaban un mundo piadosamente inconsciente y sin reproches, contempladas desde la ventana del coche de alquiler. A diferencia del mundo que acababa de abandonar, el que ahora contemplaba no se enterarÃa, ni tarde ni temprano, de lo que Fanny habÃa hecho o, por lo menos, sólo se enterarÃa si la consecuencia final de los actos de Fanny fuera objeto de avasalladora publicidad. Sin embargo, durante unos instantes contempló tan intensamente esta última posibilidad, que enseguida la desdicha de su miedo produjo una reacción y, cuando, al doblar la esquina, el coche quedó bajo la luz de la linterna de un policÃa que proyectaba el inquisidor haz en la fachada de la casa situada en la acera de enfrente, Fanny se permitió un estremecimiento al verse de tal manera acusada, a pesar de que podÃa protestar con igual premura contra aquel puro y ciego terror. SÃ, por el momento Fanny experimentaba terror, aunque fuera absurdo, terror del que necesitaba liberarse antes de hacer las investigaciones precisas para saber en qué terreno se hallaba. Percatarse de esa necesidad tuvo realmente la virtud de ayudarla muy pronto, pues al hacer un esfuerzo con el fin mencionado, Fanny pudo advertir que, por negras que parecieran sus perspectivas, no por ello le eran desconocidas. Fanny tenÃa un agudo sentido de la visión, pero, a pesar de ello, se amparaba en el consuelo de no estar segura de lo que veÃa. No saber lo que la vista verÃa si se fijaba en puntos un tanto alejados constituÃa una ayuda para no ver que no tenÃa las manos limpias. Como sea que Fanny se habÃa hallado en la situación precisa para actuar como causa agente, ciertamente no debÃa contemplar con tanta vaguedad los efectos que ella misma habÃa producido. Por otra parte, esto constituyó un paso más hacia la siguiente reflexión: cuando la relación personal con cierto asunto era tan indirecta que no cabÃa determinarla con precisión, siempre cabÃa decir que fue tan leve que difÃcilmente podÃa ser deplorable. Cuanto estaban cerca de Cadogan Place advirtió que no podÃa ser todo lo curiosa que deseaba, sin llegar antes a la conclusión de que era inocente de toda culpa. Pero habÃa habido un momento, en el oscuro desierto de Eaton Square, en que Fanny rompió a hablar: