La Copa Dorada

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Charlotte Stant, viajera en un maltratado coche de alquiler y con impermeable, acudiendo a su lado a aquella hora en el momento culminante de su especial visión interior, constituyó una aparición con una carga de coherencia tal que al Príncipe casi le pareció violenta. El efecto de que Charlotte acudiera a visitarle a él solo, tenía para el Príncipe, mientras esperaba inmóvil, una singular intensidad, pero después de que transcurrieran unos minutos, su certidumbre con referencia a lo anterior comenzó a menguar. Quizá Charlotte no había venido, quizá había venido sólo para ver a Maggie, quizá al enterarse en el vestíbulo de que la Princesa no había regresado, estaba dejando un mensaje, escribiendo unas palabras en una tarjeta. De todas maneras, pronto sabría la verdad; entretanto, dominándose, nada haría. La idea de no actuar adquirió bruscamente extraordinaria fuerza. Sin duda alguna Charlotte sabría que él se hallaba en casa, pero el Príncipe estaba dispuesto a que la visita que le hiciera fuese íntegramente por iniciativa de ella. Las razones que el Príncipe tenía para dejarla en plena libertad eran todavía más notables si tenemos en consideración que a pesar de no quebrantar su pasividad albergaba fervientes esperanzas. La armonía de la aparición de Charlotte en unas circunstancias superficiales que tan adversas le eran, constituía una armonía con unas circunstancias que no cabía calificar de superficiales, y la imaginación del Príncipe daba un valor extraordinario a la presencia de Charlotte. Además este valor adquiría extraña profundidad si se tenía en consideración el rigor de la actitud del Príncipe, así como el que, a pesar de haber aguzado el oído, no había percibido el sonido de la puerta de entrada al abrirse y cerrarse de nuevo, ni había visto a Charlotte regresar al coche de alquiler, y esa sensación llegó a su punto culminante cuando se dio cuenta, merced a sus agudizados sentidos, de que Charlotte había llegado, precedida por el mayordomo, después de subir la escalera, a la antesala de la estancia en que él se hallaba. Si algo hubiera podido aumentar todavía más esas sensaciones del Príncipe, ese algo fue la nueva pausa, ante la estancia, como si Charlotte hubiese dicho al criado: «Espere un momento». Sin embargo, cuando el criado dio entrada a Charlotte, y se acercó a la mesa de té para encender el hornillo de la tetera, y luego se dedicó lenta y metódicamente a atizar el fuego del hogar, Charlotte consiguió que su anfitrión no tuviera dificultad alguna en descender del punto en que su alta tensión le había situado, y recibirla provisionalmente haciendo referencia a Maggie. Mientras el mayordomo estuvo presente, Maggie fue la persona a quien Charlotte había venido a ver, y Maggie sería a quien —a pesar de la total indiferencia del doméstico referente a las posibles intenciones de la dama visitante— Charlotte, alegremente, junto al fuego, esperaría. Sin embargo, tan pronto como quedaron los dos solos, Charlotte ascendió, como el silbido y la roja luz del cohete, de las formalidades a los hechos, y dijo, sin ambages, allí, en pie ante el Príncipe:


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