La Copa Dorada
La Copa Dorada Sin embargo, el hecho de que el tiempo, como hemos dicho, no siempre estuviera íntegramente a favor del Príncipe, quedó claramente de manifiesto un oscuro día en que, por unas extrañas aunque no sin precedente circunstancias, las reflexiones a las que acabamos de hacer referencia ofreciéronse al Príncipe a modo y manera de su principal recreo. Al parecer, estas reflexiones y sólo éstas habían recibido la misión de llenar las horas del Príncipe e incluso de llenar la gran casa cuadrada de Portland Place, en donde la escala de cualquiera de las más pequeñas salitas resultaba incluso excesiva para ellas. El Príncipe penetró en esta estancia para ver si por casualidad encontraba allí a la Princesa tomando el té. Pero aun cuando el resplandeciente servicio del refrigerio se hallaba allí, junto a la chimenea, no cabía decir lo mismo de quien hubiera podido honrar la mesa, por lo que el Príncipe la esperó, si cabe llamar a eso espera, recorriendo una y otra vez el brillante suelo de la estancia. El Príncipe no hubiera podido hallar razón alguna que explicara por qué deseaba ver a la Princesa en aquel momento, y el hecho de que ella no viniera pasada media hora llegó a ser en realidad, con carácter plenamente positivo pero no por eso menos perverso, la circunstancia que mantuvo al Príncipe en el lugar en que se encontraba. Aquél, precisamente aquél, era el lugar en que podía pensar mejor, el lugar en que podía percibir mejor la nota destacada de la realidad. No cabe duda de que esta observación constituía en sí un pobre motivo de solaz en aquella pequeña y sórdida crisis. Pero el constante ir y venir del Príncipe y, de manera principal, sus reiteradas detenciones ante alguna de las altas ventanas de la estancia, dieron a cada uno de los minutos que discurrían, al cabo del tiempo, la calidad de acelerado latido del espíritu. Sin embargo, no cabe decir que estos latidos expresaran debidamente la impaciencia del deseo, en mayor medida que la aguda desilusión. La serie de minutos, conjuntamente considerada, quizá se parecía más que a cualquier otra cosa a esas sutiles oleadas de claridad por medio de las cuales, para el observador, el alba, por fin, temblando, se transformaba en rosado día. La iluminación afectaba en su totalidad a la mente, y las perspectivas que revelaba eran puramente la inmensidad del mundo del pensamiento. De todas maneras el mundo material era muy diferente. La tarde de marzo, contemplada desde la ventana, parecía haberse extraviado en el otoño, había llovido durante horas, y el calor de la lluvia, el color del aire y del barro, el color de las casas fronteras, el color de la vida en aquella broma tan triste, en aquella mascarada tan idiota, era de un castaño indeciblemente sucio. Para nuestro joven amigo ni siquiera al principio fue leve el interés que en él despertó el que un coche de alquiler de cuatro ruedas y de lento balanceo alterara, mientras él lo contemplaba, la dirección que seguía, apartándose torpemente de la zona central de la calzada, evidentemente a instancias de la persona que en su interior viajaba, y comenzara a dirigirse hacia la acera de la izquierda para detenerse, siguiendo ulteriores instrucciones, ante las ventanas de su casa. La persona que viajaba en el interior del vehículo, del que se apeó en grácil movimiento, resultó ser una señora que dejó el vehículo esperándola y que, sin guarecerse bajo el paraguas, cruzó rápidamente el húmedo trecho que la separaba de la casa. Cruzó deprisa y desapareció, pero el Príncipe, desde su alto puesto de observación, había tenido tiempo de reconocerla, y el acto del reconocimiento le dejó inmóvil durante unos minutos.