La Copa Dorada

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Entretanto, para el Príncipe, el tiempo, en su medido fluir, había sido originariamente una gran ayuda; le había ayudado en el sentido de que no disponía del tiempo suficiente para cometer una insensatez. A pesar de ello, este accesorio elemento era el que ahora parecía aguardar al acecho con maravillosa paciencia. Al principio, el tiempo había engendrado principalmente separaciones, dilaciones e intervalos; pero después dejó de ser una ayuda de manera harto temible desde el momento en que comenzó a abundar más y más, hasta el punto de inducir al Príncipe a preguntarse qué podía hacer con él. El estado matrimonial exigía menos tiempo de lo que, en términos generales, había esperado; y, cosa más extraña todavía, menos tiempo del que él había esperado en un matrimonio como el suyo. Le constaba que había razones lógicas para explicarlo, una lógica que demostraba esta verdad hasta el punto de darle carácter evidente. De una forma clara, el señor Verver ayudaba al Príncipe, es decir, le ayudaba en su condición de casado, y le ayudaba tanto que esta ayuda tenía carácter decisivo. El grado en que el señor Verver le rendía este servicio era realmente notable, aunque ¿qué servicio suyo no había sido notable desde el día en que los dos se conocieron? El Príncipe vivía, el Príncipe había vivido durante los últimos cuatro o cinco años de los servicios que le prestaba el señor Verver, verdad tan evidente cuando el Príncipe consideraba estos servicios uno a uno por separado para valorarlos, como cuando los arrojaba todos juntos dentro de la general olla de su gratitud, para dejarlos que se cocieran poco a poco hasta dar un nutritivo caldo. El Príncipe era hombre especialmente dispuesto a emplear el método mencionado en segundo lugar, a pesar de lo cual, de vez en cuando, cogía un bocado aislado para saborearlo solo. En estas ocasiones, maravilloso parecía al Príncipe el sabor de aquella sabrosa golosina, gozada a costa del señor Verver, que de día en día gustaba más y más al Príncipe. Había sido preciso que transcurrieran meses y meses para que pudiera gozar plenamente de aquel bocado. Al principio, no pudo hallar el nombre adecuado a aquel motivo de su más profundo agradecimiento, y en el momento en que en su mente surgió el nombre, nuestro joven amigo ya vivía con la paz y la tranquilidad que ello le garantizaba. Dicho en pocas palabras, el señor Verver había asumido la responsabilidad de las relaciones del Príncipe con Maggie, de la misma forma que había asumido la responsabilidad, y siempre la asumiría, de todo lo demás. El señor Verver le había exonerado de todo género de angustias y ansiedades en lo tocante a su vida matrimonial —así se lo había hecho— y asimismo en lo tocante a su cuenta bancaria. De la misma manera que el señor Verver cumplía con la función nombrada en segundo término por el medio de estar en comunicación con los banqueros, la primera nacía directamente del excelente entendimiento recíproco con su hija. Este entendimiento tenía, y ello era tan maravilloso como sumamente evidente, la misma profunda intimidad que el entendimiento comercial, ya que, a fin de cuentas, las asociaciones financieras se basaban, en el fondo, en la comunidad de intereses. Desde el punto de vista del Príncipe la armonía entre padre e hija se debía a la identidad de caracteres, lo cual, por fortuna, antes le divertía que le irritaba, cuando muy bien hubiera podido ocurrir lo contrario. Aquellas personas —y la libre asociación del Príncipe amontonaba sin orden ni concierto a capitalistas y banqueros, a hombres de negocios retirados, a ilustres coleccionistas, a suegros norteamericanos, a padres norteamericanos, a jóvenes hijas norteamericanas, a lindas esposas norteamericanas—, aquellas personas, decía, pertenecían al mismo amplio grupo de seres afortunados, por lo menos a la misma especie general, y tenían, generalmente hablando, los mismos instintos. Se juntaban, se comunicaban secretos, hablaban el mismo idioma y se hacían recíprocos favores. Y ya que hablamos de favores, en determinado momento el joven Príncipe advirtió que su relación con Maggie, según cabía ver, también había sido asumida por el señor Verver. Lo cual constituía, en realidad, el meollo del asunto. Se trataba de una situación «graciosa», aunque tan graciosa como afortunada. La vida matrimonial de la joven pareja quedaba en entredicho, pero, cosa sorprendente, tenían la solución allí mismo, ante ellos. El Príncipe nada tenía que objetar, ya que el señor Verver sólo procuraba y conseguía la mayor dicha de Maggie, y ésta tampoco tenía nada que objetar ya que el señor Verver, con su comportamiento, contribuía a la dicha de su marido.


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