La Copa Dorada

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Charlotte recordaría, y no poco, aquella concreta mirada, largamente sostenida en silencio, que el Príncipe le dirigió cuando aludió a los primeros intentos de escapar a su destino. Recordaría también gozosamente la expresión muda que el tono de su voz hizo aparecer en los irresistibles ojos del Príncipe; Charlotte consideraba con orgullo y alegría que, en aquella ocasión, había conseguido ver que en la mirada no había dudas, ni interrogantes ni retos, ni nada de esta o parecida naturaleza. El Príncipe se hallaba lo bastante desprevenido como para dar muestras de cierta admiración, al pensar en lo mucho que los dos habían luchado en contra de su destino; Charlotte sabía muy bien, desde luego, en lo tocante a todo esto, qué era lo que se hallaba en el fondo del pensamiento del Príncipe, y cómo habrían sonado las palabras del Príncipe si, discretamente, no hubiera evitado pronunciarlas. Todos los hombres eran lo bastante brutos como para aprovechar, cuando se les ofrecían, estas ocasiones de protesta, pero el Príncipe se distinguía por ser uno de los pocos hombres capaces de contenerse, antes de dejarse llevar por sus impulsos. Evidentemente, ésta era la base de la delicadeza de un hombre. Si el amigo de Charlotte hubiera hablado más de la cuenta, habría dicho en su simplicidad: «¿Realmente hicimos todo lo preciso para evitarlo, cuando nos enfrentamos con esos notables matrimonios?». Desde luego, lo hubiera dicho con toda elegancia, utilizando el plural, aceptando la parte que en el caso le correspondía a modo de tributo a la memoria del telegrama que Charlotte había recibido de él en París, después de que el señor Verver le enviara a Roma la noticia de su compromiso matrimonial. Charlotte jamás había destruido este telegrama en el que el joven matrimonio aceptaba la propuesta que se les formulaba, aceptación en modo alguno forzada. Charlotte conservaba el telegrama en lugar seguro y muy a escondidas; de vez en cuando lo sacaba para volver a leerlo. En francés, el telegrama decía: «À la guerre comme à la guerre, debemos vivir tal como entendemos la vida, pero me encanta su valentía y casi me sorprendo de la mía». El mensaje en sí era ambiguo y Charlotte le había dado diversas interpretaciones. Podía muy bien significar que, incluso sin Charlotte, la carrera del Príncipe era un trayecto cuesta arriba para él, una constante lucha para mantener las apariencias, por lo que, si Charlotte y él volvían a vivir el uno cerca del otro, esto comportaría que el Príncipe tendría que vivir con más precauciones todavía. Pero, por otra parte, también podía significar que el Príncipe se consideraba notablemente feliz en su vivir y que, en consecuencia, y en la medida que Charlotte se considerase un peligro, debía considerar que el Príncipe se estaba preparado de antemano a este efecto, y que se hallaba seguro y en sazón. Sin embargo, cuando llegó a París en compañía de su esposa, Charlotte no le pidió explicación alguna, de la misma manera que él tampoco le preguntó si guardaba el telegrama. Todo parecía indicar que el Príncipe se encontraba muy por encima de hacer semejante pregunta, de la misma manera que ella se juzgaba muy por encima de decir al Príncipe, sin que éste la invitara a ello, que al instante había ofrecido el telegrama al señor Verver con perfecta franqueza y honestidad y que, si le hubiera dicho tan sólo una palabra indicativa de su deseo de leerlo, Charlotte lo habría puesto en sus manos. En consecuencia, también se había abstenido de decir al Príncipe que estaba absolutamente convencida de que mostrar el telegrama al señor Verver habría producido, con toda probabilidad, e inmediatamente, el efecto de anular los proyectos matrimoniales, y que todo el futuro de Charlotte durante aquellos instantes había quedado pendiente de un hilo, el hilo de la delicadeza del señor Verver (así consideraba Charlotte que debía llamarse), y que la posición de Charlotte en lo tocante a responsabilidades era absolutamente inexpugnable.


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