La Copa Dorada

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Dicho en pocas palabras: lo que había ocurrido era que Charlotte y el Príncipe, por el solo giro de la muñeca del destino —«llevados», sin duda alguna, por pasos y por etapas que la observación consciente no había percibido—, habían quedado situados frente a frente en una libertad que participaba de una manera extraordinaria de la perfección ideal, por cuanto el mágico tejido se había formado, sin esfuerzos por su parte, casi sin el leve toque de su voluntad siquiera. Sobre todo en la presente ocasión, sonaba una vez más en el ámbito de su seguridad, como un eco lejano, aquella misma voz que el Príncipe había oído en vísperas de su matrimonio con una inquietud de muy diferente naturaleza. Vagamente, una y otra vez, él había tenido la impresión, a partir de aquel período, de oír la voz diciéndole la razón por la que sonaba tan reiteradamente, pero ahora la voz sonaba juntamente con una música de amplia sonoridad que llenaba la estancia. La razón —en cuya compañía el Príncipe había vivido con harta intimidad durante un cuarto de hora— radicaba en que la realidad de la seguridad de los dos ofrecía ahora una especie de receptáculo sin precedentes, que se ensanchaba y se ensanchaba, aun cuando envolvía elásticamente aquella seguridad, la guardaba suavemente, como protegiéndola con montones de suave pluma. Aquella mañana en el parque, la duda y el peligro no habían fallado, aunque disimulando su presencia, en tanto que esta tarde la historia se reanudaba con una confianza claramente percibida. Para general tranquilidad de los dos, Charlotte era quien había acudido a fin de dar mayor claridad a aquella confianza. A pesar de que no fue ésta la tarea con la que Charlotte inició la entrevista, la confianza se formó avasalladoramente por sí misma. Se hallaba en el significado de la pregunta que había formulado al Príncipe en el instante en que quedaron solos, a pesar de que éste, como si no la hubiera comprendido, no le dio directa contestación; se hallaba en el significado de todo lo demás, hasta en la consciente rareza del negro sombrerito de Charlotte y la consciente humildad de su vestido. Estas excentricidades le ayudaron un poco a dejar sin respuesta la primera pregunta permitiéndole preguntarle qué le había ocurrido a su coche y por qué no lo utilizaba, haciendo el tiempo que hacía, a lo que ella repuso:


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