La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Fue como si en aquel instante el Príncipe supiera la razón por la que durante horas había tenido las sensaciones que tuvo; fue como si se enterara, en aquel instante, de cosas que ni justicia había sabido, mientras Charlotte esperaba ante la puerta de la salita, jadeante, con un jadeo que parecía producido por el ascenso de la escalera. Sin embargo, al mismo tiempo, sabía que Charlotte todavía sabía más que él en lo tocante a todos los signos y portentos que pudieran afectar a los dos; la visión que el Príncipe tenía de las alternativas —en realidad no sabía como llamarlas, aunque quizá fueran soluciones, satisfacciones…— quedó totalmente iluminada por la tangible verdad de la actitud de Charlotte junto al hogar, por la manera en que le miraba como si en el lugar en que se encontraba se hallara en una situación ventajosa conquistada para ella. Charlotte había puesto la mano derecha en la repisa de mármol y con la izquierda mantenía recogida la falda para tenerla apartada del fuego, en tanto que estaba con un pie adelantado hacia el fuego para que se secara el zapato. El Príncipe no hubiera podido decir qué concretos eslabones y puentes habían quedado restablecidos al cabo de pocos minutos, y así era porque no recordaba ocasión alguna, en Roma, de la que el actual cuadro fuera exacta copia. Es decir, no recordaba ninguna ocasión en la que Charlotte le hubiera visitado en una tarde lluviosa, mientras un embarrado coche de alquiler la esperaba. Hallábase, a pesar de haber dejado el impermeable en la planta baja, investida de la extraña elocuencia —de carácter claramente pintoresco, teniendo en cuenta todas las circunstancias anejas— conferida por un vestido harto discreto y un sombrerito negro, que parecían empeñados en resaltar el momento de la vida en que se encontraba, así como sus intenciones morales, las del sombrero y las del vestido, y también su irónica indiferencia reflejada en su bello rostro refrescado por la lluvia. Sin embargo, la noción del pasado renació en el Príncipe como en ningún momento anterior, de modo que el pasado coincidía con el futuro, se entrelazaba con él, ante su vista, como en un largo abrazo, prietos los brazos y unidos los labios, de modo que el presente era tan dominado y zarandeado que su pobre naturaleza quedaba casi sin la sustancia precisa, quedaba sin el preciso ahora, para que todo lo dicho fuera motivo de escándalo u ofensa.


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