La Copa Dorada
La Copa Dorada Ante lo cual, y debido a la absoluta seguridad y compromiso que estas palabras conllevaban, las manos de cada uno de ellos buscaron instintivamente las del otro.
—Es maravilloso.
Con firmeza y gravedad, Charlotte apretaba las manos del PrÃncipe.
—Es maravilloso.
Durante un minuto estuvieron unidos, tan fuertemente cogidos y tan Ãntimamente enfrentados, como cualquier hora de su más fácil pasado los habÃa contemplado. Al principio guardaron silencio, sólo mirándose, cogiéndose, encontrándose. Por fin, el PrÃncipe dijo:
—Es sagrado.
Y, en un susurro, Charlotte dijo:
—Es sagrado.
Juraron, ofrecieron y aceptaron y, en su intensidad, más y más estrechamente, se juntaron. De repente, a través de aquel prieto cÃrculo, como por un angosto paso que lleva al mar situado más allá, todo se quebró, todo se derrumbó, todo cedió, todo se fundió, todo se mezcló. Sus labios buscaron sus labios; sus presiones, sus reacciones; sus reacciones, sus presiones, con una violencia que, con un suspiro, en el mismo instante, se transformó en el largo y profundo silencio con que apasionadamente sellaron su entrega.