La Copa Dorada

La Copa Dorada

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Capítulo XIX

Tal como hemos visto, el Príncipe había sabido por Charlotte que ahora Fanny Assingham carecía de importancia; el propio Príncipe había concluido que el «ahora» estaba plenamente justificado, teniendo en consideración su más que justa apreciación de las diversas etapas anteriormente cubiertas; aun cuando el asentimiento del Príncipe fue tácito, su comportamiento se acordó tan perfectamente al asentimiento que, durante largos días, no hizo más que demorar la visita que había prometido efectuar a su vieja amiga en el curso de su diálogo en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Sin embargo, y a pesar de todo, el Príncipe hubiera lamentado ver totalmente extinguida aquella teoría acerca de la relación que los unía en concepto, el uno, de fiel discípulo y, la otra, de amable maestra de la que desde el principio tantos frutos sacaron los dos. Sin duda alguna, el Príncipe fue quien mayormente fomentó la relación antes dicha, porque la necesidad de conocimiento superaba en mucho las modestas pretensiones al saber de Fanny Assingham, y el Príncipe había repetido una y otra vez a la señora Assingham que sin ella jamás hubiera llegado a encontrarse en el lugar en que se encontraba, ante lo cual Fanny Assingham había intentado en vano ocultar el placer que llegar a creerlo le causaría, incluso después de que la cuestión de determinar en qué lugar se encontraba el Príncipe hubiera llegado a ser más cerrada que abierta a las interpretaciones. En realidad, en tiempos anteriores a los de la celebración de la referida recepción oficial, jamás la situación del Príncipe había estado en entredicho, pero en dicha recepción el Príncipe tuvo por vez primera la impresión, que le dejó un tanto defraudado, de que la buena señora incurría en cierta deficiencia con respecto a algo que él tenía clara conciencia que había dado siempre por supuesto en ella. El Príncipe todavía hallaba un tanto difícil intentar decir en qué consistía esa deficiencia de la señora Assingham; si bien ella se «había hundido», como Charlotte afirmaba, los detalles del colapso carecían realmente de importancia. Todos esos colapsos venían siempre a consistir en lo mismo, en la falta de valentía, la falta de amistad o, sencillamente, la falta de tacto, aunque quizá cualquiera de estas deficiencias quizá representara únicamente falta de ingenio y de inteligencia, lo cual era lo último que el Príncipe hubiera esperado en el caso de la señora Assingham; dicho de otra manera, significaría el triunfo de la estupidez. Charlotte había dicho que los dos estaban «fuera del alcance» de la señora Assingham, en tanto que el Príncipe siempre se había solazado en la creencia de que cierta capacidad para el fácil ejercicio de la imaginación, por parte de la señora Assingham, la mantendría siempre a su lado hasta el último instante. El Príncipe rehuía calificar la falta de fe de la señora Assingham, pero cuando meditaba a sus anchas sin ajenas imposiciones acerca de las personas que eran capaces de gozar realmente —o, al menos, con cierto refinamiento— de la pasión de la lealtad personal, estimaba que la actuación de la fantasía de dichas personas jamás era ni timorata ni escrupulosa. En caso necesario, la personal lealtad del Príncipe hubiera aceptado la personal aventura de la pobre mujer si la habría tenido. Y precisamente por eso, y en esta misma gradación, el Príncipe casi echaba en falta el consuelo de la actitud equivalente de Fanny Assingham. Y esto, a fin de cuentas, era lo que le ocurría con las personas a quienes su matrimonio le había vinculado. Sí, llegaba el momento en que uno se descubría a sí mismo en el trance de utilizar la imaginación principalmente para averiguar cómo se las arreglaba aquella gente para estimular tan poco la imaginación. Momentos había en que el Príncipe consideraba que no había nada merecedor, realmente merecedor, de sostener una relación personal con ellos, jamás se daba la encantadora predisposición a aceptar una confidencia profundamente manifestada. Empleando términos vulgares, habría dicho que con aquella gente, uno jamás tenía que mentir ni intrigar; empleando términos humorísticos, el Príncipe habría dicho que, con aquella gente a diferencia de lo que ocurría en más altas esferas, uno jamás tenía que acechar, daga en mano, o preparar insidiosamente la copa. Éstos eran los servicios que, de acuerdo con las románticas tradiciones, se consagraban al afecto en la misma medida que se consagraban al odio. Pero el Príncipe siempre podía divertirse —en la medida que significaba diversión— diciéndose que aquella gente era precisamente aquello a lo que él había dado la espalda de una vez para siempre.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker