La Copa Dorada

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Sin embargo, si esta consideración retroactiva se hubiera producido, habría quedado inmediatamente cortada, en los presentes momentos, por cuanto Americo reparó, con claridad no igualada en momento alguno, en que su padre político era el hombre que menos apariencias tenía a su disposición para los diferentes momentos. Era un hombre sencillo, era el arquetipo de la sencillez; nada más cabía decir de él en lo que se refiere a las apariencias, si es que cabía hablar de apariencias en su caso, cuestión que, habida cuenta de la debilidad de la tesis afirmativa, resultaba harto discutible. Divertía a nuestro joven amigo, quien, como se verá, dicha noche se solazaba de muy diversas maneras ocultas; le divertía, decíamos, darse cuenta de que todos los demás elementos de que el dueño de la casa estaba formado, tales como recursos, posesiones, servicios y generosidades aumentadas por leyendas sociales no dependían de una personal «ecuación» ni de un medio conmensurable, si es que queremos expresar el efecto de cantidad. Para aquella buena gente, la cantidad se hallaba en el aire en torno de ella, y la estimable calidad del señor Verver se hallaba así mismo, casi íntegramente, en este elemento. Era un hombre flaco y modesto, de frente despejada, y sus ojos, si bien miraban sin miedo, carecían de expresión de reto. No tenía los hombros anchos, su pecho no era abombado, ni su piel lozana, no cubría su cabeza y, a pesar de todo lo dicho, causaba la impresión, sentado allí, en el lugar que en la mesa correspondía al anfitrión, de un muchacho que tímidamente agasaja, por cierto rango que le ha sido impuesto, de modo que parecía que pudiera ser un poder entre diversos poderes, el representante de cierta fuerza o potencia, al igual que un rey niño es el representante de una dinastía. En esta visión generalizada, esta noche más intensa, pero siempre activa de su suegro, se había refugiado ahora Americo. El refugio, después de la reunión de los dos matrimonios en Inglaterra, se había convertido en un sustitutivo de la comunidad, de hombre a hombre, que según los originarios cálculos de Americo bien hubiera sido posible, pero en realidad no había madurado ni florecido. Americo había cruzado su mirada con la de la decente pareja formada por padre e hija, primero en la mesa y luego en la sala de música, pero en aquellos ojos sólo leyó lo que había aprendido a leer durante los primeros meses de su matrimonio, durante aquel período de excesiva y ansiosa iniciación, o sea una especie de aprehensión sujeta a unas condiciones y términos fijos ya absolutos. Esta mirada directa reposaba tranquilamente, pero no se fijaba ni penetraba, y al Príncipe se le antojaba que era una mirada muy parecida a aquella que se dirige, con la debida atención, a la cifra de un cheque recibido en el curso de unas actividades comerciales, y que será ingresado, acto seguido, en la cuenta bancaria. La mirada se cercioraba de la cantidad, y de la misma manera aquella mirada se cercioraba de vez en cuando del valor que representaba el Príncipe. Así, en momentos más o menos reiterados y a plazos sucesivos, éste era remunerado perpetuamente. En cuanto al valor, él ya reposaba en el banco, aunque de forma cómodamente reiterada, constantemente garantizado y avalado. El resultado final consistía en que nuestro joven amigo no tenía el menor deseo de verse devaluado. A fin de cuentas, no había sido él quien había fijado el precio, ya que la idea de «cantidad» era del señor Verver. Ciertamente, todo debía mantenerse a la altura que correspondía a la cantidad señalada, cosa que el Príncipe jamás había percibido tan claramente como esta noche. Se habría sentido muy incómodo en el momento en que aquellas serenas miradas se posaban en él, si no se hubiera hallado en una situación tan firmemente asegurada por la fuerza de su acuerdo con Charlotte. Habría sido imposible que, de vez en cuando, su mirada no se cruzara con la de Charlotte. Era asimismo patente que Charlotte intercambiaba de vez en cuando miradas con su marido. El Príncipe percibía con todos sus sentidos que Charlotte recibía la misma clase de miradas que él. Estas miradas juntaban a Charlotte y al Príncipe, y les mantenían unidos, a pesar de las vanas apariencias de separación, y convertían a los otros rostros, al resto íntegro de la velada, a la gente, a las luces, a las flores, a las artificiales conversaciones, a la música exquisita, en un místico puente dorado entre los dos, un puente que se balanceaba con fuerza y que, a veces, producía vértigo, puente conducente a aquella intimidad cuya ley soberana sería la de atender al «cuidado», sería la de jamás olvidar temerariamente, la de jamás herir conscientemente.


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