La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Los Assingham no podían faltar, y allí estuvieron, aunque al pie de la escala social, y fue la esposa del coronel, a pesar de su humilde posición, la persona con la que el Príncipe, en su fuero interno, más ocupado estuvo, si exceptuamos a Charlotte. El Príncipe tuvo su atención fija en Charlotte debido, en primer lugar, a lo extremadamente bella que estaba y a lo mucho que destacaba en una reunión de miembros tan maduros y apacibles, de manera que semejaba la antorcha de la juventud viva y activa y el ejemplo de la gracia pasiva, y debido también, en segundo lugar, a que la fiesta, en la medida en que quedaba relacionada de manera más o menos destacada con una dueña de la casa, parecía relacionarse, de modo preferente y sin malas intenciones pero paradójicamente, con Maggie. El Príncipe no pudo dejar de advertir, tan pronto como cada cual quedó acomodado en el lugar que le correspondía, que también su esposa tenía perfectamente definida su pequeña personalidad, pero se preguntaba cómo aquella personalidad se las arreglaba para quedar tan visiblemente relegada —y a él le constaba que esto iba en contra de los deseos de Maggie— en vez de estar ella también pendiente del éxito e, incluso, de la dirección y de la responsabilidad de aquella fiesta. El Príncipe sabía cuáles eran los restantes rasgos que, en cualquier ocasión, y principalmente en la casa de Eaton Square, caracterizaban la apariencia de Maggie y cuál el parecido con su padre, en ocasiones muy vívido, como la intensificada fragancia de una flor, en el delicado calor de la celebración; su parecido, como el Príncipe descubrió, comunicándoselo a Maggie en Roma, en los primeros días de entusiasmo que siguieron a su compromiso matrimonial, a una menuda y joven bailarina en reposo, de muy leves movimientos, aunque casi siempre con un suave jadeo, e incluso un poco compungida, sentada en un banco; y por fin, su aproximación, ya que antes se trataba de analogía que de identidad, a las imágenes recibidas de una notable y neutral decencia que representaba, en el largo linaje del Príncipe, la normal calidad de esposa y madre. Si la matrona romana había sido, de manera suficiente, en primero y último lugar, el honor de dicho linaje, no cabía la menor duda de que Maggie, a los cincuenta años, se habría ensanchado y habría adquirido la precisa solidez para alcanzar tal dignidad, aun cuando quizá evocando un poco la imagen de una Cordelia en miniatura. Sin embargo, en su debido momento, cierta luz se hizo en la mente del Príncipe, y tuvo una conciencia más clara que en cualquier otro momento anterior de la vaga aunque no por ello menos exquisita participación de la señora Verver, como una insinuada o meramente ofrecida discreción de la indefinible e insondable relación de ésta con la escena ante la vista del Príncipe. La determinada condición de la señora Verver, su natural puesto y vecindad, su más intensa presencia, su más tranquila sonrisa, su menor número de joyas, nada eran en comparación con la preocupación que ardía en Maggie, como una llamita que había prendido en cada una de sus mejillas un revelador, aunque en modo alguno desagradable, rubor. Aquella fiesta era la fiesta de su padre y el menor o mayor éxito de la fiesta era una cuestión que tenía tanta importancia para ella como para su padre, por lo que esta identificación había creado en Maggie una especie de visible inquietud, bajo cuya presión rebosaba filial reverencia, aunque con pocas expresiones, en los movimientos y en el tono, de naturaleza filial. Todo era inconfundible y, cuán bello podía ser, e incluso igualmente divertido, pero todo había tenido la virtud de dejar a los dos tan unidos, tan indivisos por el matrimonio de cada uno de ellos que la Princesa, il ny avait pas à dire, sentárase donde se sentara, sería siempre en aquella casa Maggie Verver. En la ocasión presente, el Príncipe quedó tan dominado por esta impresión que su natural secuela hubiera sido preguntarse si el señor Verver habría producido en anteriores ocasiones una impresión semejante, en el caso de haber ofrecido la fiesta solo con su hija.


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