La Copa Dorada

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Pues bien, el que por fin advirtiera que Charlotte le reconocía todos sus méritos fue una reflexión que, en los días de que nos ocupamos, complementó en el pecho del Príncipe aquellas otras, aquellas imágenes y barruntos nacidos en su ocio, aquellas búsquedas a tientas y aquellos hallazgos de su conciencia y de su experiencia, que hemos intentado exponer ordenadamente aquí. Dichas reflexiones acompañaban lo suficiente al Príncipe —y a este efecto debemos tener en cuenta la abundancia de recursos que nuestro joven tenía en semejante materia—, mientras examinaba hasta en sus últimos detalles el principio en cuya virtud debía evitar recurrir a Fanny en Cadogan Place y, asimismo, no cometer el error de frecuentar con una excesiva y marcada asiduidad la casa de Eaton Square. Cometer este último error equivaldría a perder la oportunidad de no aprovecharse al máximo de cualquier género de inocente teoría acerca de su manera de ser o de la manera de ser de Charlotte, dominante en dicha mansión. El que inocentes teorías pudieran dominar y realmente dominaran allí era un hecho que el Príncipe había acabado por aceptar por las abundantes pruebas con carácter definitivo e irrevocable, y era cuestión de normal y común prudencia no desperdiciar ninguna impresión, incluso las adquiridas de propina. Frecuentar la casa de Eaton Square sería, dicho sea en pocas palabras, revelar que él carecía, a diferencia de su brillante amiga y parienta, de trabajo suficiente en el mundo. Y era precisamente por esta suficiencia por lo que el Príncipe y Charlotte conjuntamente gozaban lo que de modo tan extraño y afortunado, según los dos habían comentado, les abría todo género de posibilidades. Además, lo que daba todavía mayor solidez a la situación era que el «mundillo social», gracias a otra afortunada crueldad de la suerte de Charlotte y del Príncipe, abarcaba la casa de Portland Place, sin abarcar la de Eaton Square en una medida que se pudiera comparar a la de aquélla. Debemos añadir inmediatamente que esta última residencia, al mismo tiempo, de vez en cuando despertaba a las recepciones sociales y, desperezándose, mandaba unas cuantas docenas de invitaciones; uno de estos esporádicos vuelos sociales, ocurrido precisamente poco antes de la Pascua de Resurrección, produjo el efecto de alterar levemente la idea que nuestro joven amigo tenía de la medida de su margen de libertad. Maggie, con muy bien tino, sostenía que su padre debía ofrecer de vez en cuando una cena de verdadera altura, y el señor Verver, que seguía igual que siempre, dispuesto a hacer cuanto se esperara de él, consideraba, de acuerdo con su hija, que era su esposa quien debía organizar la cena. Charlotte, por su parte, estimaba que siempre gozaban de una libertad ideal, de lo cual constituía una prueba fehaciente el que todas aquellas personas a las que ellos temían haber prestado poca atención, hasta el punto de casi haber perdido su amistad, acudían a su casa, irradiando sonrisas, con sólo recibir una invitación casi a medias y a última hora. Americo estimaba que eran, francamente, ocasiones conmovedoras para él, que se distinguían en la gran bousculade de Londres por estar dotadas de una leve y serena gracia, de cierta amenidad y humanidad. Todos acudían presurosos, pero todos sucumbían a la suave influencia, y la brutalidad de la multitud, de la curiosidad sin ternura, pronto quedaba arrinconada al pie de la escalinata, juntamente con los abrigos y las capas. El agasajo ofrecido aquella noche, pocos días antes de la Pascua de Resurrección, en el que Maggie y el Príncipe estuvieron inevitablemente presentes en calidad de invitados, constituyó el cumplimiento de una obligación a la que no se hacía honor a menudo, y quizá por ello con más razón todavía tuvo aquella nota de optimismo casi digno de la Arcadia. Fue una cena con asistencia numerosa, brillante, aburrida, murmurante, de benévola apariencia y media edad, constituida en su mayor parte por matrimonios afables aunque de muy alto rango, de apellidos inmensamente prestigiosos, y de muy fácil ordenación jerárquica. Después de la cena, hubo un breve concierto, dado sin la opresión de un contingente de invitados que llegó más tarde, en cuya preparación, le constaba al Príncipe, Maggie había tenido que aliviar su ansiedad consultando con el ingenio de Charlotte, y ambas se habían alegrado grandemente, y valga la expresión, de la solvencia del señor Verver.


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