La Copa Dorada

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A partir de entonces el Príncipe pudo comprobar que se comportaba tal como había anunciado, cumpliendo, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, los deberes propios de un oficio remunerado. Su perfecta y brillante eficiencia habían contribuido, sin duda alguna, constante e inmensamente, a la agradable comodidad en que su marido y su hija vivían arropados. En realidad, probablemente ella había conseguido más que esto, y les había proporcionado unas más bellas perspectivas, unas perspectivas más dulces, del posible alcance que podía llegar a tener dicha comodidad. El señor Verver y su hija la habían convertido, dicho sea burdamente, en su agente de relaciones públicas, y Charlotte había cumplido su misión con tal acierto que padre e hija, en justa consecuencia, se alejaron de dicho mundo mucho más de lo que al principio se habían propuesto. Además, por cumplir Charlotte con tal tarea, quedó exenta de otras de menor importancia y más humildes que, lógicamente, pasaron a ser de la competencia de Maggie, ya que por su carácter y naturaleza armonizaban mejor con ésta. De una manera natural, y por las misma razones antes dichas, entre estas tareas de menor importancia se contaba la obligación, irrogada a la nombrada en segundo lugar, de reparar todo posible olvido de Charlotte en la casa de Eaton Square. Se trataba del trabajo hogareño, ciertamente, pero ése era el trabajo de Maggie. Teniendo en consideración al bueno de Americo, que estaba dotado de las mismas tendencias humanas de Charlotte y a quien la vida hogareña en cuestión difícilmente podía satisfacer, las tareas de Maggie serían, en cierta manera, la compensación de la sumamente encantadora función de Charlotte, desde el momento en que consiguiera que ésta lo reconociera en su justa medida.


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