La Copa Dorada

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La dificultad radicaba, en lo que hacía referencia al efecto que en los nervios producía el trato cotidiano sobre todo con Maggie, en que su imaginación jamás quedaba alterada por la percepción de una anomalía. En realidad, la gran anomalía hubiera sido para Maggie que su marido e incluso la esposa de su padre resultaran, a la larga, haber sido cortados por el mismo patrón como lo habían sido los Verver desde largo tiempo atrás. Si uno estaba cortado por dicho patrón, nada tenía que hacer en Matcham, según las particulares condiciones —condiciones de conformidad con los principios rectores de Eaton Square— a las que de manera tan absurda uno se había doblegado. En el fondo de esa reiterada inquietud que experimentaba nuestro joven amigo, que hemos de contentarnos con denominar irritación, decíamos que de esa falsedad de su posición brillaba la roja chispa de su inextinguible idea de un modo de vivir más alto y más valeroso. Había situaciones ridículas, pero que uno no podía evitar, como, por ejemplo, cuando la esposa de uno decidía, de la forma más normal y sencilla, ponerle al otro en una situación ridícula. Sin embargo, precisamente aquí se daba la diferencia, por lo que Maggie había tenido que inventarse un método extremadamente insólito, aunque a pesar de todo se trataba de un método al que el Príncipe no podía doblegarse sin incurrir en una actitud absurda. El que a uno le empujaran sistemáticamente a tratar con otra mujer, mujer que le gustaba a uno en gran manera, y que le empujaran a ello de forma que la teoría de la relación parecía proclamar que uno era idiota o que estaba incapacitado constituía una situación en la que la propia dignidad dependía del tratamiento que uno diera a tal situación. En realidad, lo que resultaba grotesco en grado sumo era la esencial oposición de las teorías, por lo que parecía que un galantuomo —en el sentido en que el Príncipe constitucionalmente entendía la calidad de galantuomo— no pudiera hacer otra cosa que ruborizarse por ir a menudo en compañía de una persona como la señora Verver, en un estado de inocencia infantil, en el estado en que se encontraban nuestros primeros padres antes de la caída. Esta grotesca teoría, como él la hubiera llamado, quizá era tan extraña que no podía ser violentamente rechazada, y el Príncipe, como hombre de mundo, hacía piadosa justicia a la teoría en cuestión, pero a pesar de esto, y sin la menor duda, había una manera de manifestar, tanto él como su compañera, la conmiseración que la teoría les inspiraba. Los pertinentes comentarios sólo podían tener carácter privado, aunque también podían ser, por lo menos, vivaces; tanto Charlotte como el Príncipe eran afortunadamente capaces de hacer otros matizados comentarios. ¿Y acaso ese acuerdo entre los dos no era, literalmente, la única manera de no ser desconsiderados? Realmente, parecía que la medida necesaria para la protección del peligro viniera dada por la formación, entre los dos, durante su propicia visita a Matcham, de una exquisita sensación de complicidad.


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