La Copa Dorada
La Copa Dorada El PrÃncipe tuvo la impresión de que las perspectivas habÃan quedado todavÃa más despejadas. De manera que la media hora que estuvo paseando por la terraza y fumando —el dÃa era espléndido— fue rebosante de plenitud. No cabÃa la menor duda de que eran muchos los elementos que contribuÃan a que aquel momento fuera esplendoroso, pero lo que destacaba con luz propia, de modo que parecÃa que el lugar y el momento fueran un gran cuadro pintado por un genio ofrecido al PrÃncipe como principal pieza de su colección, barnizado y enmarcado, listo para ser colgado, lo que más resaltaba, para causar mayor deleite, era el dominio absoluto, bello y sin amenazas que el PrÃncipe tenÃa de la situación. El reto de la pobre Fanny Assingham carecÃa de toda importancia. Una de las cosas en que el PrÃncipe pensó mientras tenÃa los brazos apoyados en la vieja balaustrada de mármol —tan parecida a otras que habÃa conocido en la Italia de todavÃa más nobles terrazas— era que Fanny Assingham habÃa sido puesta en su debido lugar, para bien de todos, ella incluida, y que ahora, bamboleándose camino de Londres con este contentamiento, se habÃa convertido en una imagen ajena a la escena. También pensó, ya que su imaginación desarrollaba, por muy buenas razones, una actividad sin precedentes, que, a fin de cuentas, en su trato con las mujeres antes habÃa ganado que perdido. Y constaba, de forma más y más clara en aquellos mÃsticos libros que se llevan en relación con esta clase de comercio, lo cual hacen incluso los hombres de más desordenados hábitos, un balance a su favor, balance favorable que el PrÃncipe podÃa dar, por supuesto, en términos generales. ¿Qué hacÃan, en estos precisos instantes, aquellas maravillosas criaturas, sino forjar combinaciones y conspirar en su beneficio? SÃ, asà era, desde la propia Maggie, la más maravillosa de todas ellas, hasta la dueña de la casa en que ahora se hallaba el PrÃncipe, en cuya cabeza se habÃa formado inevitablemente la idea de que Charlotte se quedara por razones que sólo a la dueña de la casa competÃan, y que habÃa dicho llevada por la benevolencia de su espÃritu que a santo de qué el yerno del marido de Charlotte tenÃa que irse apresuradamente, a no ser que estuviera obligado a ello por plausibles razones, en vez de esperar en compañÃa de Charlotte. De esta manera, dijo lady Castledean, el PrÃncipe podrÃa por lo menos hacer lo preciso para que nada ocurriese a Charlotte ni en su casa ni durante los avatares del viaje a Londres; además, si el PrÃncipe y Charlotte abusaban un poco de la licencia concedida, el hecho de hacerlo juntos les serÃa de gran ayuda. De esta manera, cuando llegaran a casa, cada uno de ellos podrÃa cómodamente echar las culpas al otro. Además, tanto lady Castledean como Maggie, tanto Charlotte como Fanny Assingham, actuaban en su beneficio sin que se lo solicitaran, sin ejercer presión alguna sobre ellas, sólo en virtud de una vaga noción —definida y consciente sólo, a lo sumo, en Charlotte— de que el PrÃncipe, en cuanto a manera de ser, en cuanto a carácter, en cuanto a caballero, no era inferior a su notable fortuna.