La Copa Dorada

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Capítulo XXII

El Príncipe tuvo la impresión de que las perspectivas habían quedado todavía más despejadas. De manera que la media hora que estuvo paseando por la terraza y fumando —el día era espléndido— fue rebosante de plenitud. No cabía la menor duda de que eran muchos los elementos que contribuían a que aquel momento fuera esplendoroso, pero lo que destacaba con luz propia, de modo que parecía que el lugar y el momento fueran un gran cuadro pintado por un genio ofrecido al Príncipe como principal pieza de su colección, barnizado y enmarcado, listo para ser colgado, lo que más resaltaba, para causar mayor deleite, era el dominio absoluto, bello y sin amenazas que el Príncipe tenía de la situación. El reto de la pobre Fanny Assingham carecía de toda importancia. Una de las cosas en que el Príncipe pensó mientras tenía los brazos apoyados en la vieja balaustrada de mármol —tan parecida a otras que había conocido en la Italia de todavía más nobles terrazas— era que Fanny Assingham había sido puesta en su debido lugar, para bien de todos, ella incluida, y que ahora, bamboleándose camino de Londres con este contentamiento, se había convertido en una imagen ajena a la escena. También pensó, ya que su imaginación desarrollaba, por muy buenas razones, una actividad sin precedentes, que, a fin de cuentas, en su trato con las mujeres antes había ganado que perdido. Y constaba, de forma más y más clara en aquellos místicos libros que se llevan en relación con esta clase de comercio, lo cual hacen incluso los hombres de más desordenados hábitos, un balance a su favor, balance favorable que el Príncipe podía dar, por supuesto, en términos generales. ¿Qué hacían, en estos precisos instantes, aquellas maravillosas criaturas, sino forjar combinaciones y conspirar en su beneficio? Sí, así era, desde la propia Maggie, la más maravillosa de todas ellas, hasta la dueña de la casa en que ahora se hallaba el Príncipe, en cuya cabeza se había formado inevitablemente la idea de que Charlotte se quedara por razones que sólo a la dueña de la casa competían, y que había dicho llevada por la benevolencia de su espíritu que a santo de qué el yerno del marido de Charlotte tenía que irse apresuradamente, a no ser que estuviera obligado a ello por plausibles razones, en vez de esperar en compañía de Charlotte. De esta manera, dijo lady Castledean, el Príncipe podría por lo menos hacer lo preciso para que nada ocurriese a Charlotte ni en su casa ni durante los avatares del viaje a Londres; además, si el Príncipe y Charlotte abusaban un poco de la licencia concedida, el hecho de hacerlo juntos les sería de gran ayuda. De esta manera, cuando llegaran a casa, cada uno de ellos podría cómodamente echar las culpas al otro. Además, tanto lady Castledean como Maggie, tanto Charlotte como Fanny Assingham, actuaban en su beneficio sin que se lo solicitaran, sin ejercer presión alguna sobre ellas, sólo en virtud de una vaga noción —definida y consciente sólo, a lo sumo, en Charlotte— de que el Príncipe, en cuanto a manera de ser, en cuanto a carácter, en cuanto a caballero, no era inferior a su notable fortuna.


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