La Copa Dorada
La Copa Dorada Los ojos de la pobre señora estaban fijos en su marido y en ellos había un brillo que no era el de una más intensa penetración, sino el de determinado portento que, en diversas ocasiones, el coronel había tenido ocasión de advertir. Evidentemente, la señora Assingham deseaba infundir seguridad a su esposo, pero, para que así ocurriera, era preciso al parecer que dos grandes, sinceras y brillantes lágrimas se formaran lentamente en sus lacrimales. Estas lágrimas produjeron, de inmediato y como de costumbre, un efecto directo en el coronel: advirtió claramente que su esposa tenía que infundirle seguridad por medio de hacerle pensar exactamente lo mismo que pensaba ella. El coronel estaba plenamente dispuesto a aceptar el pensamiento de su esposa y a regirse por él, tan pronto como su esposa lo manifestara. El problema radicaba en que la expresión del pensamiento de su mujer exigía infinidad de giros, vueltas y revueltas. Por ejemplo, la sinuosidad quedó de relieve cuando la señora Assingham procedió a explicar lo que había ocurrido aquella tarde:
—Ha sido como si supiera mejor que nunca lo que les hace…
Al advertir que el pensamiento paralizaba su lengua, el coronel la apremió:
—¿Lo que les hace qué?