La Copa Dorada

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—Lo que les hace, al Príncipe y a Charlotte, tomarlo todo tal como lo toman. Saber cómo tomarlo ya es asunto difícil en sí, y es preciso reconocer que han estado mucho tiempo esforzándose en ver.

Después de una pausa, la señora Assingham prosiguió diciendo:

—Y, tal como he dicho, hoy ha ocurrido algo que ha sido como si me dieran un tremendo empujón y, de pronto, viera a través de sus ojos.

Después de decirlo y como si quisiera sacudirse del cuerpo su maleficio, se puso bruscamente en pie. Pero quedó allí, envuelta en la penumbra, mientras el coronel, con su aspecto de ser «todo un tipo», alto, seco y austero, al que cierta evocación de la blancura de las nieves inaccesibles, allí, en la corbata, la pechera de la camisa y el chaleco, daba acentos de dureza, esperaba, esperaba lo que su mujer pudiera hacer; de manera que a hora tan tardía y en la casa silenciosa, bien hubieran podido ser dos extraños aventureros mundanos que, para aliviar la dura tensión de sus espíritus, se habían reunido en un extraño rincón para hacerse siniestras confidencias de medianoche. La atención de Fanny Assingham se centraba mecánicamente en los objetos de adorno dispuestos con excesiva prodigalidad en las paredes, objetos que, al reconocerlos en aquellos momentos, habían perdido la capacidad de suscitar tanto su cariño como su compunción. Fanny Assingham dijo:


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