La Copa Dorada
La Copa Dorada —Puedo imaginar la manera en que todo se desarrolla. SÃ, es fácil comprenderlo.
Pero, al momento, exclamó:
—¡Sin embargo, no quiero extraviarme! ¡No, no quiero extraviarme!
—¿Quieres decir que quieres evitar los errores?
No, no. No querÃa decir eso, ni mucho menos. La señora Assingham sabÃa muy bien lo que querÃa decir:
—Nunca cometo errores. Pero perpetro delitos con el pensamiento. Y siguió hablando con suma intensidad:
—Soy un ser temible. Momentos hay en que me parece que nada me importa todo lo que he hecho, o lo que pienso o imagino o temo o acepto, momentos hay en que pienso que volverÃa a hacerlo, en que pienso que soy capaz de hacer cosas.
En la natural frialdad del debate, el coronel exclamó:
—¡Oh!
—SÃ, en el caso de que tú me hubieras impulsado a volver a ser como era antes por naturaleza. Afortunadamente, jamás lo has hecho. Lo has hecho todo, has hecho todo lo demás; pero esto no, esto no lo has hecho.
La señora Assingham guardó silencio. A continuación, declaró:
—Pero lo que verdaderamente no quiero es instigarlos ni protegerlos.
El coronel meditó estas palabras y dijo: