La Copa Dorada
La Copa Dorada Después se quedaron los dos mirándose a los ojos durante unos instantes. Y luego, sin comentario alguno, la señora Assingham preguntó al PrÃncipe si querÃa más té. El PrÃncipe advirtió rápidamente que, al parecer, la señora Assingham sólo estaba dispuesta a darle té y desarrolló una teorÃa que la hizo reÃr: el té de la raza inglesa era, en cierta manera, su moralidad, «hecha» con agua hirviendo, en un potecillo, de modo y manera que cuanto más té bebiera uno más moral serÃa. Esta chanza sirvió de transición, y la señora Assingham formuló al PrÃncipe algunas preguntas acerca de su hermana y demás familiares, interesándose por lo que Bob, su marido, podrÃa hacer en atención a los caballeros recién llegados, a quienes visitarÃa tan pronto el PrÃncipe partiera. En el curso de esta conversación, el PrÃncipe estuvo gracioso describiendo a sus parientes, contando algunas anécdotas y refiriendo sus costumbres; imitó sus modales y profetizó su comportamiento como de lo más rebuscado de cuanto habÃa pasado por Cadogan Place. La señora Assingham manifestó que esto, precisamente esto, serÃa la causa de que les tomara cariño, palabras que dieron lugar a que su visitante manifestara de nuevo cuán grande era su consuelo al poder confiar en ella. El PrÃncipe llevaba ya unos veinte minutos en compañÃa de la señora Assingham, pero le habÃa hecho otras visitas más largas y ahora se demoraba como si con ello quisiera mostrarle su agradecimiento. Se demoró a pesar —y esto era lo que le preocupaba por el momento— de la nerviosa inquietud que le habÃa llevado allÃ, inquietud que fue alimentada por el escepticismo con que ella habÃa intentado apaciguarla. La señora Assingham no habÃa tranquilizado al PrÃncipe, y llegó un momento en que vio claramente la causa de su fracaso en dicho empeño. El PrÃncipe se dio cuenta de que él no la habÃa atemorizado, tal como ésta habÃa dicho, pero, a pesar de todo, no se sentÃa tranquila. Se habÃa puesto nerviosa pero habÃa procurado disimularlo. La visión del PrÃncipe, después de que hubieran anunciado su nombre, la habÃa dejado desconcertada. El joven estaba convencido y esta convicción adquirió mayor profundidad y un perfil más concreto, pero produjo asimismo el efecto de agradarle a él mismo. ParecÃa que, con su visita, hubiera conseguido más aún de lo que se habÃa propuesto. Y debÃa ser algo importante —exactamente de esto se trataba— lo que en este momento afectaba a la señora Assingham, quien, en el curso de su amistad con el PrÃncipe, ahora ya tan considerable, jamás se habÃa mostrado afectada por nada. Esperar y contemplarla afectada significaba para él que se encontraba ante un problema y, aunque fuera extraño, habida cuenta de la escasa base que para ello tenÃa, el corazón comenzó a latirle con una sensación de intriga expectante. Por fin, como si de un final feliz se tratara, los dos dejaron de fingir, es decir, de fingir que se engañaban en apariencia el uno al otro. Lo no dicho habÃa aflorado y se produjo un momento —ninguno de los dos hubiera podido decir cuánto tiempo duró— en que quedaron reducidos a mirarse el uno al otro de una forma fuera de lo común, como único medio de comunicación. En esos instantes, su portentoso silencio causaba la impresión de tratarse de una apuesta, o de que les estuvieran haciendo una fotografÃa, e incluso de que hubiesen decidido formar un tableau vivant.