La Copa Dorada

La Copa Dorada

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Después se quedaron los dos mirándose a los ojos durante unos instantes. Y luego, sin comentario alguno, la señora Assingham preguntó al Príncipe si quería más té. El Príncipe advirtió rápidamente que, al parecer, la señora Assingham sólo estaba dispuesta a darle té y desarrolló una teoría que la hizo reír: el té de la raza inglesa era, en cierta manera, su moralidad, «hecha» con agua hirviendo, en un potecillo, de modo y manera que cuanto más té bebiera uno más moral sería. Esta chanza sirvió de transición, y la señora Assingham formuló al Príncipe algunas preguntas acerca de su hermana y demás familiares, interesándose por lo que Bob, su marido, podría hacer en atención a los caballeros recién llegados, a quienes visitaría tan pronto el Príncipe partiera. En el curso de esta conversación, el Príncipe estuvo gracioso describiendo a sus parientes, contando algunas anécdotas y refiriendo sus costumbres; imitó sus modales y profetizó su comportamiento como de lo más rebuscado de cuanto había pasado por Cadogan Place. La señora Assingham manifestó que esto, precisamente esto, sería la causa de que les tomara cariño, palabras que dieron lugar a que su visitante manifestara de nuevo cuán grande era su consuelo al poder confiar en ella. El Príncipe llevaba ya unos veinte minutos en compañía de la señora Assingham, pero le había hecho otras visitas más largas y ahora se demoraba como si con ello quisiera mostrarle su agradecimiento. Se demoró a pesar —y esto era lo que le preocupaba por el momento— de la nerviosa inquietud que le había llevado allí, inquietud que fue alimentada por el escepticismo con que ella había intentado apaciguarla. La señora Assingham no había tranquilizado al Príncipe, y llegó un momento en que vio claramente la causa de su fracaso en dicho empeño. El Príncipe se dio cuenta de que él no la había atemorizado, tal como ésta había dicho, pero, a pesar de todo, no se sentía tranquila. Se había puesto nerviosa pero había procurado disimularlo. La visión del Príncipe, después de que hubieran anunciado su nombre, la había dejado desconcertada. El joven estaba convencido y esta convicción adquirió mayor profundidad y un perfil más concreto, pero produjo asimismo el efecto de agradarle a él mismo. Parecía que, con su visita, hubiera conseguido más aún de lo que se había propuesto. Y debía ser algo importante —exactamente de esto se trataba— lo que en este momento afectaba a la señora Assingham, quien, en el curso de su amistad con el Príncipe, ahora ya tan considerable, jamás se había mostrado afectada por nada. Esperar y contemplarla afectada significaba para él que se encontraba ante un problema y, aunque fuera extraño, habida cuenta de la escasa base que para ello tenía, el corazón comenzó a latirle con una sensación de intriga expectante. Por fin, como si de un final feliz se tratara, los dos dejaron de fingir, es decir, de fingir que se engañaban en apariencia el uno al otro. Lo no dicho había aflorado y se produjo un momento —ninguno de los dos hubiera podido decir cuánto tiempo duró— en que quedaron reducidos a mirarse el uno al otro de una forma fuera de lo común, como único medio de comunicación. En esos instantes, su portentoso silencio causaba la impresión de tratarse de una apuesta, o de que les estuvieran haciendo una fotografía, e incluso de que hubiesen decidido formar un tableau vivant.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker