La Copa Dorada

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El espectador del que, con su actitud, eran merecedores hubiera sacado sus propias conclusiones dada la intensidad de la comunión de aquellos dos seres, o, sin sacar conclusiones, hubiera hecho un relato de la escena desde un punto de vista estético, en un complaciente juego de nuestro moderno sentido del tipo humano, que tan poco se diferencia de nuestra moderno sentido de la belleza. El sentido del tipo estaba allí expresado en su peor acepción, en la oscura y nítida cabeza de la señora Assingham, en la que el cabello negro y seco formaba ondas menudas y numerosas que le daban un aspecto tan a la moda que era más a la moda de lo que ella misma deseaba. Rebosante de objeciones a todo lo que fuera excesivamente evidente, la señora Assingham aún no había aceptado su flagrante apariencia y tampoco había sabido sacar el mejor partido de sus atributos externos, causa de equívocas interpretaciones. Su intensa morenez, su generosa nariz, sus cejas resaltadas cual las de una actriz y la amplitud de su persona, en la que la media edad ya había dejado su impronta, parecían presentarla insistentemente como una hija del sur o, quizá mejor, del este, criada en hamacas y divanes, alimentada con sorbetes y servida por esclavas. Causaba la impresión de que la más enérgica actividad de que era capaz fuese coger una mandolina, sin levantarse o compartir una fruta confitada con una gacela domesticada. Sin embargo, la señora Assingham no era una mimada judía ni una indolente criolla, sino que según constaba había nacido en Nueva York y se había educado en la «disciplina de Europa». Solía vestir ropas de tonos amarillos y púrpura porque consideraba mejor, como ella decía cuando se terciaba la ocasión, parecer una especie de reina de Saba que una revendeuse. Por esta misma razón se ponía perlas en el cabello y se adornaba con oro y carmesí los vestidos de tarde. Sostenía la teoría de que la naturaleza la había vestido con harta exageración y que sólo tenía a su disposición el recurso de ahogar aquella exageración, ya que le era imposible moderarla. Por esto iba cubierta de objetos y vivía rodeada de ellos, objetos que no eran más que evidentes chucherías y juguetes, que formaban parte de diversiones con las que le agradaba obsequiar a sus amigos. Estos amigos estaban al tanto del juego, consistente en contrastar la disparidad que se daba entre el carácter y el aspecto de la señora Assingham. Su carácter quedaba de manifiesto por un segundo gesto de su rostro, gesto que revelaba al espectador que la visión que la señora Assingham tenía de los talantes del mundo en modo alguno era supina o pasiva. Gozaba y necesitaba el cálido ambiente de la amistad; pero, sin que pudiera determinarse exactamente la razón, sus ojos norteamericanos buscaban las oportunidades de amistad mirando bajo sus párpados de Jerusalén. En resumen, con su falsa indolencia, su falso ocio, sus falsas perlas, palmeras, patios y fuentes, la señora Assingham era una persona para quien la vida estaba llena de infinitos detalles, que la dejaban en el mismo instante en que ella, siempre serena y equilibrada, los descubría.


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