La Copa Dorada

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Uno de los huecos en la vida de la señora Assingham era la falta de hijos y el otro, la carencia de fortuna. Y resultaba maravilloso advertir cómo, al llegar con el paso del tiempo a la madurez, estas dos deficiencias dejaron de manifestarse. La comprensión y la curiosidad podían dar carácter filial a los objetos en que se centraba, del mismo modo que un marido inglés que, en sus tiempos militares se había encargado de «todo» en su regimiento, podía hacer florecer la economía cual si de una cosa se tratara. Pocos años después de haber contraído matrimonio, el coronel Bob se había retirado del ejército en el que había hecho, laudablemente en cuanto al enriquecimiento, lo que se podía esperar de su personal experiencia. Ahora dedicaba todo su tiempo a la labor de jardinería antes referida. Entre los amigos más jóvenes de esta pareja corría la leyenda, casi tan venerable que no permitía la crítica histórica, de que aquel matrimonio, el más feliz entre los de su clase, se había celebrado en el lejano alborear de una época, en un primitivo período en el que ciertos prejuicios —como el que las muchachas norteamericanas fuesen consideradas «aceptables»— aún no se tenían en cuenta, por lo que aquella agradable pareja había sido, teniendo en consideración los riesgos corridos, audaz y original a la par, y, en el atardecer de su vida, honrosamente considerada como la descubridora de una especie de ruta nupcial Norte-Oeste. Sin embargo, la señora Assingham tenía su particular y más fundada opinión al respecto, y creía que desde los tiempos de Pocahontas hasta nuestros días no se había producido el histórico momento en que un joven inglés no se hubiera sentido animado de una pasión repentina y en que una muchacha norteamericana no se hubiera entregado plenamente sin dudar un instante; pero a pesar de esto la señora Assingham aceptaba con resignación los laureles de la fundadora, puesto que, a fin de cuentas, se la podía considerar la doyenne de su trasplantada tribu, sobre todo porque se había ingeniado muchas combinaciones aun cuando no la que Bob se ingenió. Él fue quien se la inventó, quien en un raro chispazo de ingenio la sacó de la nada y, con el paso de los años, la utilizó como prueba fehaciente de su elevada inteligencia. Si la señora Assingham procuraba mantener su aguzado ingenio lo hacía sobre todo para que redundara en reconocimiento de los méritos de su marido. Sin embargo, a decir verdad y en privado, había momentos en que se daba cuenta de lo poco que su marido —a pesar de sus altos méritos— hubiera podido conseguir de no haber sido por ella. En realidad, su inteligencia fue puesta a prueba cuando su visitante por fin le dijo:


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