La Copa Dorada

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Sin embargo, si esta imagen puede muy bien representar que nuestra joven amiga tenía conciencia de que se había producido recientemente, hacía pocos días, un cambio en su vida, también debemos observar, al mismo tiempo, que Maggie buscaba y hallaba en cierta medida en la renovada circulación, como la hemos denominado, un alivio en la sensación de la que quizá tuviera que responder de algo hecho por ella. La pagoda, en el florido jardín de Maggie, representaba el apaño —¿y de qué otra manera podemos llamarlo?— por el que ella había podido, de forma tan sorprendente, contraer matrimonio sin romper con su pasado, como ella decía. Se había entregado a su marido sin el más leve matiz de reserva, sin una sola condición y, a pesar de ello, en ningún momento se había apartado siquiera un centímetro de su padre. Había gozado de la gran dicha de ver cómo los dos hombres se encariñaban noblemente el uno con el otro: en su matrimonio no hubo nada que tanta felicidad le proporcionara como el hecho de haber dado un nuevo amigo al mayor y más solitario de los dos. Además, lo que mayormente había enriquecido el éxito logrado era que el matrimonio de su padre no había rendido menores beneficios que el suyo propio. El hecho de que el padre hubiera dado aquel gran paso, con la misma libertad que su hija, no había supuesto que ésta quedara relegada en absoluto. Que fuera notable el hecho de que los dos hubieran podido al mismo tiempo estar tan separados y tan juntos constituía un hecho que jamás, ni siquiera al inicio, le pareció dudoso a Maggie. En realidad, desde el principio y en todo momento, y en igual medida para cada uno de los dos, había que considerarlo como una consecuencia de su inspiración y recíproco apoyo. Muchas eran las cosas de las que Maggie y su padre no estaban enamorados, como las ráfagas de brillantez, de audacia, de originalidad, cosas que, por lo menos en cuanto hacía referencia a aquel buen hombre y a su hija, no se ajustaban, ni mucho menos, a su manera de ser; pero les gustaba pensar que habían dado a su vivir esa insólita amplitud y forma liberal que muchas familias, muchas parejas y, sobre todo, muchas parejas de parejas, no habían podido alcanzar. Esta verdad había sido puesta claramente de manifiesto ante ellos por el luminoso testimonio de la envidia plenamente explícita de la mayoría de sus amigos, quienes habían manifestado una y otra vez que forzosamente tenían que ser, a juzgar por su manera de vivir, y a fin de poder tratarse en semejantes términos, personas dotadas de la más alta bondad, quedando incluidos en el elogio, naturalmente, Charlotte y Americo. Les complacía —¿y cómo no iba a ser así?— advertir que de ellos emanaba tal esplendor. Esto le había gustado al padre de Maggie y a ésta, personas ambas dotadas de un carácter tan poco dado a las presunciones que apenas habrían estado seguras de su triunfo si no hubieran visto aquel agradable reflejo del mismo. De esta manera su felicidad había fructificado, de esta manera la torre de marfil, visible y admirable desde todos los puntos de vista del campo social, sin duda alguna, se había levantado planta tras planta. La presente renuencia de Maggie a preguntarse, con la debida claridad, por qué motivo la contemplación de la torre había dejado de proporcionarle placer representaba, por lo tanto, una laguna en aquella ideal congruencia de la que dependía su bienestar moral en casi todo momento. Para ser congruente ella siempre había sabido recortar, más o menos, su propia actuación.


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