La Copa Dorada

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Al darse cuenta de que por primera vez se movía en las oscuras sombras de una posición falsa, Maggie concluyó que o no hubiera debido dejar de sentirse bien centrada —es decir, confiada—, o hubiera debido reconocer que estaba equivocada, a pesar de lo cual se limitó, durante un tiempo, a dar a los problemas que consigo tenía el tratamiento de comportarse como el perro spaniel de sedosa capa que sale corriendo del estanque y se sacude el agua de las orejas. Las sacudidas de la cabeza de Maggie, reiteradas una y otra vez, eran en gran medida de esta naturaleza; pero el spaniel con la salvedad del rudo equivalente de su ladrido, no tiene el recurso de musitar para sí, como Maggie hacía, que en realidad nada le había ocurrido. No, no había caído, no había padecido accidente alguno, no se había mojado. Esto era, por lo menos, de lo que presumía hasta el momento en que comenzó a preguntarse si acaso no habría cogido frío, se hubiera mojado o no. De todas maneras, no podía recordar período alguno de su vida en que se hubiera sentido tan excitada. Desde luego, tampoco podía recordar período alguno —lo cual era punto de especial importancia— que le impusiera la necesidad de ocultar la excitación. El nacimiento de esta nueva excitación se transformó en un importante pasatiempo, al parecer de Maggie, debido precisamente al ingenio que era preciso poner a contribución para mantener oculto a la vista aquello que había nacido. El ejercicio de este ingenio era privado y absorbente. Si se me permite multiplicar mis metáforas, compararía a Maggie con la atemorizada pero amante madre joven de un hijo ilegítimo. La idea que la poseía sería, de acuerdo con nuestra analogía, la prueba de la malandanza; pero, al mismo tiempo, sólo otro síntoma de una relación constante, que para ella significaba más que cualquier otra cosa en el mundo. Maggie había vivido los años suficientes para averiguar por sí misma que toda pasión profundamente arraigada causa dolores al mismo tiempo que placeres, y que gracias a esas penas y ansiedades tenemos más profunda conciencia de tal pasión. Jamás había dudado de la fuerza de los sentimientos que la unían a su marido, pero el llegar bruscamente a tener conciencia de que estos sentimientos habían comenzado a vibrar con tal violencia que producían tensión bien podía significar, a fin de cuentas, que ella, al igual que millares de mujeres, gozaba plenamente del privilegio de la pasión. ¿Y por qué no iba a ser legítimamente así, cuando, después de meditarlo, no veía razón alguna que lo impidiera? La mejor razón que podría impedirlo sería la posibilidad de una consecuencia desagradable o perjudicial para los demás, principalmente para los que jamás la habían molestado con el egoísmo de sus pasiones. Pero debidamente evitado este peligro, gozar plenamente de la propia pasión sólo comportaba, en la misma medida, el uso de la propia discreción, o el saber interpretar debidamente el papel que a una le correspondía. De una manera al principio oscura, pero que se hizo poco a poco más y más clara, la Princesa advirtió que llevaba mucho tiempo sin ejercer debidamente su discreción. El caso en que se encontraba ahora se parecía a lo que le ocurría con el baile, que otrora tanto le había gustado. Radicaba el problema en recordar unos pasos que sólo vagamente guardaba en la mente, pues había dejado de asistir a los bailes. Ahora volvería a asistir a ellos. Éste parecía ser el remedio, en expresión libre aunque un tanto burda. De los profundos receptáculos en que los había guardado, Maggie sacaría los adornos congruentes con las grandes ocasiones, de los que de ningún modo tenía escasa provisión. Fácilmente podemos imaginarla en esta ocupación, en momentos de paz y soledad, en visitas subrepticias y a la vacilante luz de una vela, hundiendo la mano en su rica colección, viendo una vez más cómo relucían sus joyas tímida pero inconfundiblemente. En realidad, ésta puede ser muy bien la fiel imagen de la parcialmente ahogada agitación de Maggie, de la distracción que halló en referir su crisis, hasta cierto punto eficazmente, para satisfacer sus necesidades en la mayor medida posible.


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