La Copa Dorada
La Copa Dorada Sin embargo, debemos añadir que Maggie se hubiera encontrado en un apuro, si hubiera tenido que determinar, especialmente al principio, a qué orden pertenecía en justicia el paso que dio la tarde en que su marido regresó de Matcham con Charlotte: si pertenecía al orden de propio dominio o al de una expresión más amplia. Sí, fue claramente un paso por parte de Maggie el decidirse a hacer algo, allí y en aquel momento, que pareciera insólito a Americo, a pesar de que el quebrantamiento de las costumbres establecidas había consistido tan sólo en hacer lo preciso para que Americo no la encontrara, como sin duda esperaba, en Eaton Square. Aunque al Príncipe le pareciera raro, tuvo que regresar a su casa, y allí recibir la impresión de que Maggie le esperaba, un tanto quisquillosa, o por lo menos impaciente y libremente. Se trataba de pequeñas variaciones y leves maniobras que, como hemos dicho, ella efectuaba con infinita sensación de intencionalidad. El que esperase junto al fuego del hogar el regreso de su marido después de una ausencia, superficialmente hubiera podido parecer el acto más natural del mundo, y además el único que su marido podía esperar lógicamente. Por las circunstancias que rodearon dicho acto, éste era normal y corriente: sin embargo, en realidad tuvo en todos sus aspectos, ante la activa fantasía de Maggie, el carácter de representar que había hecho cuanto se había propuesto. Había puesto su pensamiento a prueba y el resultado fue que estaba dotado de filo. Ésta era la realidad ante la que se hallaba, a saber: que ya no jugaba con herramientas inútiles y sin filo, sino con herramientas cortantes. Diez veces al día aparecía ante su vista el destello de una hoja desnuda, y ante esta visión Maggie tenía que cerrar casi siempre los ojos, y casi siempre sentía el impulso de engañarse a sí misma mediante el movimiento y el sonido. Sencillamente se había limitado, cierto miércoles, a trasladarse a Portland Place en vez de quedarse en Eaton Square; de antemano —como ella se repetía una y otra vez— no parecía que un hecho tan normal y corriente fuera a trastornar el curso de la historia. Sin embargo, esto era lo que había ocurrido. A Maggie se le quedó profundamente grabado en la mente, en el transcurso de una hora, que entre todo lo que había hecho nada contaría tanto en el futuro todavía indeterminado como el acto antes referido; ni siquiera, quizá, lo que había hecho en la vieja y dorada Roma al acceder a la petición de matrimonio hecha por Americo. Sin embargo, mediante su postura agazapada, la postura propia de una tímida tigresa, no había pretendido nada temerariamente definitivo, nada torpemente fundamental, por lo que le daba diversas denominaciones, calificando su actitud de grotesca o envidiosa, reduciendo en la medida de lo posible la portée de lo que de ella se siguió.